Opinión

LA IMPORTANCIA DE SABER RETIRARSE A TIEMPO

Por Rene Norambuena Veliz  General (r)

A diario, en Chile, nos llama la atención —y muchas veces nos molesta— ver a deportistas, artistas y, especialmente, a políticos que en otras épocas tuvieron momentos de éxito y reconocimiento y que, pasados los años y terminada su época de plena vigencia, buscan de alguna manera mantenerse en el escenario, tratando de demostrar que siguen siendo los mismos de aquella época en que destacaron.

Lamentablemente, hay algo que pocas veces se enseña en nuestras universidades, en los altos institutos o en la vida pública: saber cuándo retirarse.

Y esto no significa necesariamente renunciar a seguir trabajando, creando o aportando. Significa algo mucho más difícil: entender cuándo ha llegado el momento de dejar el protagonismo y permitir que otros ocupen ese espacio.

A veces uno se pregunta si esta necesidad de mantenerse eternamente vigente responde realmente a razones económicas o si, más bien, existe detrás de ella una necesidad de reconocimiento, protagonismo o simplemente un ego que no acepta que el tiempo pasa.

Porque todos sabemos que ningún proyecto de vida, ninguna carrera y ningún cargo pueden mantenerse indefinidamente.

El peor enemigo de quienes no saben retirarse es precisamente el tiempo.

El tiempo es implacable. Llegan nuevas generaciones, nuevas ideas, nuevos talentos y nuevas formas de entender la sociedad. Y eso no debería ser visto como una amenaza, sino como parte natural de la vida.

Nadie es irreemplazable.

Lo mismo ocurre en la política, en el deporte, en las artes, en las instituciones y también en determinadas profesiones que durante décadas han estado ocupadas por las mismas personas.

El debate que hoy existe en Chile respecto del retiro de los notarios es un buen ejemplo de esta discusión. No se trata de cuestionar la capacidad de una persona por tener determinada edad ni de sostener que cumplir años significa perder automáticamente las condiciones para ejercer una profesión. Se trata de preguntarnos si es razonable que determinadas posiciones de poder, influencia o administración de funciones públicas puedan transformarse prácticamente en cargos de permanencia indefinida.

Y aquí aparece una contradicción que resulta difícil de ignorar: mientras el país discute sobre la necesidad de establecer límites y reglas de retiro para determinadas funciones, muchas de las personas que participan en la elaboración de esas mismas normas son mayores de 75 años.

No se trata de discriminación por edad. Se trata de una pregunta mucho más profunda: ¿quién está dispuesto a poner límites al poder cuando esos límites también podrían afectarlo a él mismo?

Una sociedad moderna debe ser capaz de combinar experiencia con renovación. La experiencia es valiosa, pero también lo es la capacidad de abrir espacios para quienes vienen detrás.

El problema no es tener 75, 80 o más años.

El problema aparece cuando la edad se convierte en una excusa para permanecer indefinidamente en espacios que necesitan renovación, cuando se cierran las puertas a las nuevas generaciones o cuando alguien pretende convencernos de que solamente él puede seguir desempeñando una determinada función.

También hay que decirlo: retirarse no significa desaparecer.

Una persona puede dejar un cargo y continuar aportando con su experiencia. Puede asesorar, enseñar, escribir, formar nuevas generaciones, participar en organizaciones sociales o simplemente disfrutar de una etapa diferente de su vida.

De hecho, quizás una de las formas más nobles de ejercer liderazgo sea precisamente saber cuándo entregar la posta.

Porque cuando una persona se retira voluntariamente, deja una institución con la posibilidad de ser recordada por lo que hizo.

En cambio, cuando insiste en permanecer cuando su ciclo ya terminó, corre el riesgo de que sus últimos años terminen opacando todo aquello positivo que construyó anteriormente.

La búsqueda desesperada por mantener protagonismo en una época que ya no es la propia puede terminar apagando los méritos del pasado.

Para quienes admiran a esas figuras, quizás su permanencia sea motivo de orgullo. Pero para quienes no son devotos de ellas, muchas veces esa insistencia en seguir apareciendo en primera línea termina transformándose simplemente en un desagrado.

Saber retirarse es tener criterio. No es rendirse.

Es comprender que la vida está formada por etapas y que cada una tiene su momento.

Es entender que el liderazgo también consiste en saber entregar el liderazgo.

Es aceptar que otros tienen derecho a equivocarse, aprender, crear y construir su propio camino.

Es reconocer que ninguna sociedad puede renovarse si las mismas personas ocupan eternamente los mismos espacios.

Y, sobre todo, es tener la inteligencia emocional suficiente para comprender una verdad que tarde o temprano nos alcanza a todos:

el tiempo de uno también pasa.

Y cuando llega ese momento, quizás la mejor manera de conservar la dignidad, el respeto y el reconocimiento ganado durante años sea simplemente saber decir:

“Es hora de dejar el lugar a otros.” Porque retirarse a tiempo no es perder.

A veces, retirarse a tiempo es la última gran demostración de inteligencia.


Descubre más desde Onda Expansiva

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba

Descubre más desde Onda Expansiva

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo