LIDERAZGO PRESIDENCIAL: CUANDO LOS AUTOGOLES DEL GOBIERNO DESGASTAN AL PRESIDENTE

Por René Norambuena Véliz, General (R)
En los gobiernos y en la política, el liderazgo presidencial es fundamental. El Presidente de la República no solo representa al país, sino que también es responsable de conducir a su equipo, coordinar a sus ministros y asegurar que las decisiones de su administración respondan a los compromisos asumidos ante la ciudadanía.
Los errores de un ministro no quedan circunscritos a su cartera. Sus consecuencias repercuten directamente en la figura presidencial y afectan la confianza de millones de chilenos que, con mucha ilusión, votamos por un cambio.
No resulta positivo ver al Presidente, quien obtuvo una alta votación ciudadana, obligado a dar explicaciones por resoluciones o proyectos impulsados desde sus propios ministerios, aparentemente respaldados en interpretaciones legales, pero sin evaluar suficientemente sus consecuencias políticas, sociales y humanas. La preocupación es aún mayor cuando las decisiones involucran a víctimas menores de edad, porque existen situaciones en las que las explicaciones resultan insuficientes frente al daño ocasionado.
La ciudadanía espera algo más que justificaciones posteriores. Espera sensibilidad, responsabilidad y decisiones coherentes con las convicciones y los compromisos expresados durante la campaña presidencial.
La seguidilla de autogoles, acompañada de una escasa autocrítica en algunos ministerios, debilita al Gobierno en su conjunto. Cada error evitable y cada decisión mal evaluada alimentan la desconfianza, afectan la popularidad presidencial y generan frustración entre quienes depositaron sus esperanzas en esta administración.
¿Dónde está la coordinación política?
Respetuosamente, considero que no se observa un liderazgo suficientemente visible desde el Ministerio del Interior para cumplir su función esencial: colaborar directamente con el Presidente de la República y coordinar la acción política del Gobierno, la articulación entre los ministerios, la relación con el Congreso y la gestión de los conflictos sociales y las emergencias.
Lo que debería transmitir orden, conducción y trabajo en equipo termina proyectando una imagen de descoordinación, improvisación e individualidades, donde pareciera que algunos protagonismos personales pesan más que los objetivos comunes.
Un Gobierno no puede funcionar como una suma de ministerios independientes, cada uno actuando según sus propios criterios y prioridades. Debe existir una dirección política clara y una comunicación coherente. Cuando un ministro sostiene públicamente una posición y otro expresa una opinión completamente diferente, la ciudadanía se pregunta si existe una conducción efectiva y si las decisiones responden a una estrategia común.
Las diferencias internas deben resolverse antes de convertirse en un espectáculo público que debilite la autoridad presidencial. La descoordinación desgasta a cualquier administración y transforma los errores individuales en problemas políticos de todo el Gobierno.
El liderazgo exige decisiones, no solamente explicaciones
Ante esta sucesión de errores, el Presidente debe revisar urgentemente los procedimientos mediante los cuales se elaboran, evalúan y comunican las decisiones gubernamentales.
Las propuestas de sus asesores y ministros deben someterse a una evaluación rigurosa que considere no solo su legalidad, sino también sus consecuencias sociales, políticas y humanas. La legalidad es indispensable, pero gobernar exige igualmente prudencia, responsabilidad y comprensión de la realidad ciudadana.
Si una iniciativa contradice los compromisos presidenciales, afecta gravemente la confianza pública o presenta consecuencias que no fueron debidamente consideradas, el Presidente debe tener la determinación de rechazarla, corregirla o exigir que sea reformulada, aunque ello incomode al ministro que la impulsó. Eso es ejercer liderazgo.
El Presidente es la máxima autoridad política del Gobierno y no puede limitarse a explicar las decisiones equivocadas de sus colaboradores. Debe corregirlas, establecer mecanismos para evitar que se repitan y adoptar medidas cuando sus equipos no estén cumpliendo los objetivos establecidos.
La caída en las encuestas, la decepción ciudadana y el fortalecimiento de la oposición deben entenderse como señales de alerta que merecen una evaluación profunda. No basta con atribuirlas a problemas comunicacionales: también es necesario examinar las decisiones adoptadas, la capacidad de gestión y la distancia entre las expectativas de los ciudadanos y los resultados del Gobierno.
El Presidente debe preguntarse con honestidad qué está fallando y quiénes están contribuyendo a debilitar su administración. La autocrítica no es una señal de debilidad, sino una demostración de madurez política.
Si existen autoridades, asesores o equipos que no están respondiendo a los objetivos del Gobierno, corresponde evaluar su desempeño y realizar los cambios necesarios. La lealtad a un proyecto político no puede confundirse con la permanencia de quienes no están a la altura de sus responsabilidades.
Los chilenos que votaron por un cambio esperan resultados, coherencia y conducción. No basta con haber ganado una elección ni con recordar las promesas de campaña. Es necesario demostrar que existe un Gobierno capaz de cumplirlas.
El liderazgo presidencial se demuestra especialmente en los momentos difíciles: cuando hay que asumir responsabilidades, corregir errores y tomar decisiones incómodas.
Un Presidente no puede evitar todos los errores de sus colaboradores, pero tiene la obligación de impedir que se conviertan en una práctica recurrente. Gobernar implica conducir, coordinar, corregir y, cuando corresponde, cambiar a quienes no están cumpliendo su función.
La pregunta es inevitable: ¿está el Gobierno actuando como un equipo con objetivos comunes o cada ministerio está jugando su propio partido?
Cuando los autogoles se repiten, la responsabilidad política deja de ser exclusivamente de quienes los cometen. También recae en quien tiene la obligación de dirigir al equipo.
Y ese liderazgo, en última instancia, le corresponde al Presidente de la República.
René Norambuena Véliz
General (R)
Descubre más desde Onda Expansiva
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



