Opinión

DE LA ESPERANZA A LA DESILUSIÓN

Por Tiliqui Herrera

La desilusión y la impotencia comienzan a instalarse entre muchos de los electores que depositaron su confianza en José Antonio Kast, esperando un cambio profundo en la conducción del país. Una expectativa que, para un sector de sus propios votantes, comienza a transformarse en frustración frente a una serie de decisiones, anuncios y situaciones que han marcado el escenario político.

Las razones de este desencanto son diversas. En primer lugar, está la percepción de que varias de las promesas formuladas durante la campaña no han encontrado una respuesta concreta en la gestión gubernamental. Quienes votaron esperando soluciones rápidas en materia de seguridad, economía y calidad de vida comienzan a preguntarse cuándo llegarán los cambios comprometidos.

A ello se suma la controversia por las rebajas de penas a condenados por delitos sexuales contra menores de edad, una materia especialmente sensible para la ciudadanía, que genera cuestionamientos y preocupación respecto de las señales que se están entregando en materia de justicia y protección de las víctimas.

Pero hay otro aspecto que comienza a generar preocupación: la improvisación que se ha percibido en los nombramientos de ministros y subsecretarios. La conformación de un equipo de gobierno no puede responder a decisiones apresuradas ni a criterios que posteriormente obliguen a realizar ajustes, rectificaciones o cambios de nombres. Los cargos de responsabilidad pública requieren experiencia, preparación, capacidad política y, por sobre todo, claridad respecto del proyecto de país que se pretende desarrollar.

Un gobierno no puede darse el lujo de comenzar transmitiendo señales de incertidumbre. Los nombramientos ministeriales y las designaciones de subsecretarios son decisiones fundamentales, porque de ellas depende buena parte de la capacidad de gestión y coordinación del Estado.

A esta situación se agrega lo que muchos interpretan como una falta de liderazgo presidencial para ordenar la casa. El país necesita un presidente que ejerza su autoridad, establezca prioridades, coordine a sus colaboradores y entregue señales claras sobre el rumbo de su administración. No basta con reaccionar frente a las dificultades ni con salir a explicar decisiones adoptadas por sus ministros. Se requiere conducción política, capacidad de anticipación y una voz presidencial que transmita certezas.

Las descoordinaciones que se han observado en el manejo de distintas situaciones de crisis tampoco han contribuido a mejorar el escenario. La ciudadanía espera un gobierno que actúe con claridad, unidad de criterios y capacidad de anticipación, especialmente cuando están en juego asuntos que afectan directamente la vida cotidiana de las personas.

Por otra parte, el alza de los combustibles fue el peor  golpe para el presupuesto de miles de familias chilenas. El aumento del costo de la vida no se mide solamente en cifras económicas: se refleja en el transporte, los alimentos, los servicios y en la dificultad creciente de llegar a fin de mes.

Pero quizás una de las mayores preocupaciones sigue siendo el avance del crimen organizado y la sensación de inseguridad que se extiende por distintos sectores del país. Cuando las personas sienten que no pueden salir tranquilas a la calle, que sus barrios están expuestos a la delincuencia y que el Estado no logra entregar una respuesta suficientemente eficaz, se instala una peligrosa percepción de indefensión.

Gobernar no consiste solamente en administrar el poder ni en recordar las promesas de campaña. Gobernar significa responder a las expectativas ciudadanas, asumir responsabilidades y entregar resultados.

Es legítimo que quienes votaron por Kast exijan explicaciones. También es legítimo que manifiesten su decepción cuando las expectativas que los llevaron a las urnas no se ven reflejadas en las decisiones del gobierno.

La confianza ciudadana no es un cheque en blanco. Se construye día a día y puede deteriorarse cuando las palabras no se traducen en hechos.

El desafío del presidente es comprender que el desencanto de sus propios electores no debe ser interpretado como una simple crítica política, sino como una señal de alerta. La autoridad presidencial exige liderazgo, capacidad de decisión y conducción. No se trata de concentrar todas las decisiones, sino de asumir la responsabilidad última por el funcionamiento del gobierno.

Porque cuando un presidente no logra transmitir claridad, ordenar a sus equipos y establecer un rumbo reconocible, la incertidumbre termina trasladándose a la ciudadanía.

Las expectativas de cambio fueron grandes. Muchos chilenos no votaron solamente por un candidato, sino por la esperanza de recuperar la seguridad, mejorar su calidad de vida y tener un Estado capaz de responder a sus necesidades.

La pregunta que hoy comienza a instalarse entre quienes confiaron en Kast es inquietante: ¿estamos frente a las dificultades propias del inicio de un gobierno o ante un problema más profundo de conducción y liderazgo presidencial?


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