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MIENTRAS CHILE SE CAE A PEDAZOS, LA POLÍTICA MIRA EL PODER

Chile enfrenta delincuencia, crimen organizado, corrupción, costo de vida y una creciente desconfianza en sus instituciones. Mientras la ciudadanía intenta sobrevivir a esta realidad, la clase política vuelve a concentrarse en candidaturas, pactos y cuotas de poder. El país reclama soluciones; ellos parecen estar pensando en elecciones.

Hay algo que resulta imposible ignorar: Chile enfrenta una crisis profunda mientras buena parte de su clase política vuelve a mirar hacia La Moneda.

El eventual regreso de Michelle Bachelet a una eventual carrera presidencial no es, por sí mismo, el problema. Lo preocupante es lo que este escenario vuelve a revelar: la distancia entre las prioridades de la política y la realidad que vive la ciudadanía.

Mientras las familias sienten el peso del costo de la vida, miles de personas viven con temor frente a la delincuencia y el crimen organizado, y los casos de corrupción que llegan a los tribunales golpean la credibilidad de las instituciones, la agenda política vuelve a girar alrededor de candidaturas, negociaciones y poder.

El país está preocupado por sobrevivir. Los políticos  parecen  preocupados  por las prebendas

Y esa distancia resulta cada vez más difícil de aceptar.

El dinero público tampoco es una abstracción. Son los impuestos de trabajadores, emprendedores y familias que esperan que cada peso sea utilizado con responsabilidad. Cuando aparecen despilfarros, privilegios o gastos difíciles de justificar, la cuenta no la pagan quienes toman las decisiones: la paga el ciudadano.

Por eso el problema trasciende a un gobierno determinado. Existe una crisis de confianza y, detrás de ella, una pregunta inevitable:

¿Cuánto le importa realmente la gente a quienes ejercen el poder?

Mientras unos preparan candidaturas, otros preparan el presupuesto del supermercado.

Mientras unos calculan votos, otros calculan cuánto les queda para llegar a fin de mes.

Mientras unos disputan cargos, otros se preguntan si sus hijos podrán volver seguros a casa.

Esa es la verdadera distancia entre la política y la ciudadanía.

Chile no necesita otra temporada de promesas ni una nueva guerra por ocupar los espacios de poder. Necesita seguridad, probidad, austeridad, responsabilidad y autoridades capaces de entender que administrar el Estado no es administrar un patrimonio propio.

Los cargos son temporales. Los gobiernos pasan. Las elecciones terminan.

Pero la factura de las malas decisiones queda.

Y hoy esa factura la está pagando la gente común.

La verdadera tragedia no es que aparezcan nuevos candidatos. La tragedia sería que, mientras Chile enfrenta una crisis que golpea la vida cotidiana de millones, la política siga mirándose a sí misma.

Porque Chile no se deteriora por falta de políticos. Se deteriora cuando quienes tienen el poder dejan de mirar a quienes se lo entregaron.


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