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HIJOS Y PARIENTES CARA DURA

Dieciséis personas mayores murieron en un incendio. Y mientras se buscan explicaciones sobre la falta de fiscalización, la ausencia de una TENS encargada y las condiciones en que funcionaba el establecimiento, hay una pregunta mucho más incómoda que también debemos hacernos: ¿dónde estaban sus hijos y sus familias?

Hay tragedias que no solamente deben provocar dolor. También deben obligarnos a mirar de frente una realidad que preferimos esconder debajo de la alfombra.

Dieciséis adultos mayores perdieron la vida en un incendio ocurrido en una residencia que, según los antecedentes conocidos, presentaba serias interrogantes respecto de su funcionamiento, fiscalización y presencia de personal especializado. Y, naturalmente, corresponde determinar responsabilidades administrativas, civiles y eventualmente penales.

Pero hay otra responsabilidad que no siempre aparece en los sumarios, en las investigaciones ni en los titulares: la responsabilidad de las familias que entregan a sus padres o parientes mayores al cuidado de terceros y después desaparecen de sus vidas.

Porque siempre aparece la misma explicación: “No teníamos cómo cuidarlo”. “Trabajamos todo el día”. “No teníamos espacio en la casa”. “Necesitaba cuidados que nosotros no podíamos darle”.

Puede ser cierto. Hay familias que realmente enfrentan situaciones económicas, laborales y personales dramáticas. Nadie puede exigirle a una persona que haga aquello que materialmente no está en condiciones de hacer.Pero una cosa es no poder hacerse cargo directamente de un padre, y otra muy distinta es desentenderse de él.

Porque cabe preguntarse algo brutalmente sencillo:

Cuando esos hijos eran niños, ¿sus padres alguna vez dijeron “no tengo dónde tenerte”?

Cuando el hijo enfermaba, cuando tenía hambre, cuando tenía que ir al colegio, cuando tenía miedo, cuando necesitaba que alguien lo llevara de la mano, cuando no podía valerse por sí mismo, ¿el padre o la madre dijo: “No puedo, arréglatelas solo”? No.

Los padres hicieron lo que pudieron. Con poco o con mucho. Con dificultades, sacrificios, privaciones y muchas veces postergando sus propias necesidades para sacar adelante a sus hijos.

CUANDO LA VIDA SE INVIERTE

El padre envejece, la madre enferma, la memoria comienza a fallar, las piernas ya no responden como antes, necesitan ayuda para bañarse, comer, vestirse o simplemente levantarse de una cama.

Y, para algunos hijos, aquel padre o aquella madre que alguna vez fue el centro de sus vidas comienza a transformarse en un problema.

Un estorbo, algo que ocupa tiempo, que  cuesta dinero, que  modifica las vacaciones, que dificulta la rutina, que  exige atención y entonces aparece la solución: “Hay que buscarle un hogar”.

Y con eso, para algunos, comienza también el abandono. Porque dejar a un adulto mayor en una residencia no significa necesariamente abandonarlo. Existen instituciones serias y familias que toman esa decisión precisamente porque quieren que sus padres reciban cuidados profesionales.

El abandono comienza cuando se entrega al padre o a la madre y se entrega también la responsabilidad afectiva, es decir, cuando ya no se visita, cuando no se pregunta cómo está, cuando no se sabe quién lo cuida, cuando no se revisan las condiciones del lugar, cuando se deposita dinero y se cree que con eso se compró tranquilidad y se canceló una obligación moral.

Un padre no es una cuenta mensual. Una madre no es una cama ocupada. Un adulto mayor no es un paquete que se entrega para que otro se haga cargo.

Y aquí también hay una enorme responsabilidad del Estado.

Si efectivamente existieron deficiencias de fiscalización, si una residencia funcionaba sin las condiciones exigibles, si no había personal suficiente o si se incumplieron las normas destinadas a proteger a personas altamente vulnerables, aquello debe investigarse hasta las últimas consecuencias.

Porque una sociedad que permite que sus adultos mayores queden encerrados en lugares inseguros también está fracasando.

Pero sería demasiado cómodo cargar toda la culpa sobre el Estado, sobre el municipio, sobre los administradores o sobre los organismos fiscalizadores.

También debemos mirarnos como sociedad. ¿Con qué frecuencia visitamos a nuestros padres?

¿Sabemos realmente dónde viven? ¿Conocemos a las personas que los cuidan? ¿Preguntamos qué comen? ¿Revisamos sus medicamentos? ¿Sabemos si pasan frío? ¿Sabemos si tienen miedo? ¿Sabemos si están solos? ¿O simplemente nos tranquilizamos porque alguien nos dice que “están bien”?

Hay hijos que son capaces de recorrer cientos de kilómetros para ir a buscar un televisor, un automóvil, una propiedad o una herencia. Pero para visitar a sus padres siempre tienen una excusa.

Hay quienes tienen tiempo para restaurantes, viajes, fiestas, negocios y vacaciones, pero curiosamente nunca tienen tiempo para sentarse una hora junto a la cama de quien les dio la vida. Eso también es abandono.

Y quizás lo más doloroso de todo es que muchos adultos mayores no piden grandes cosas. No piden lujos. No piden regalos. No piden que sus hijos renuncien a sus vidas.  Muchas veces piden algo infinitamente más sencillo: que no los olviden. Que los llamen. Que los visiten. Que los escuchen. Que les tomen la mano. Que les hagan sentir que todavía importan. Porque el problema no es solamente dónde vive un adulto mayor. El problema es cómo vive y cuánto amor recibe después de haber entregado buena parte de su vida a los demás.

Por eso, frente a la muerte de estas dieciséis personas, corresponde exigir explicaciones, fiscalización y responsabilidades. Pero también corresponde decir algo que quizás resulte políticamente incorrecto: Hay hijos y parientes que son unos verdaderos cara dura.

Se acuerdan de sus padres cuando necesitan algo de ellos, cuando hay una propiedad de por medio o cuando llega el momento de repartir una herencia. Pero mientras están vivos, enfermos y solos, parecen convertirse en una molestia que alguien más debe resolver.

Y no. Los padres no son desechables. No dejan de ser nuestros padres porque envejecieron. No dejan de ser quienes nos cuidaron porque ahora necesitan que alguien los cuide a ellos. Y si algún día llega el momento en que nosotros mismos no podamos valernos por nuestros propios medios, quizás tengamos la suerte de encontrar a alguien que recuerde que alguna vez también fuimos importantes. Porque la vejez no es una enfermedad que se pueda esconder. Es el destino que, tarde o temprano, nos espera a todos. Y quizás la verdadera pregunta que deja esta tragedia no sea solamente quién fiscalizó, quién falló o quién será responsabilizado.

La pregunta más incómoda es otra: Si algún día nos toca estar en esa cama, ¿querremos que nuestros hijos nos visiten… o que simplemente paguen la mensualidad y se olviden de nosotros?


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