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EL MUNDIAL Y EL NUEVO CIRCO ROMANO

Por: Tiliqui Herrera C

Cada cuatro años el mundo se detiene. Millones de personas abandonan por unas horas sus diferencias políticas, religiosas o culturales para concentrar su atención en un balón. El Mundial de Fútbol se convierte en el mayor espectáculo del planeta. Sin embargo, detrás de la fiesta, la emoción y la pasión, resulta inevitable preguntarse si, en esencia, no estamos presenciando una versión moderna del antiguo circo romano.

En la Roma imperial, el Coliseo reunía a decenas de miles de espectadores que acudían a presenciar el enfrentamiento de los gladiadores. Eran hombres convertidos en símbolos de sus pueblos o de su condición, obligados a luchar hasta las últimas consecuencias. Solo uno sobrevivía. La multitud celebraba la victoria mientras el emperador representaba el poder supremo, capaz de decidir el destino de quienes combatían en la arena.

Dos mil años después, el escenario ha cambiado, pero algunas similitudes llaman la atención.

Los gladiadores de hoy ya no portan espadas ni escudos. Visten camisetas con los colores de sus países y representan el orgullo nacional en una competencia que también elimina rivales hasta que solo queda un campeón. La arena es un estadio repleto; el rugido del público reemplaza el clamor del Coliseo y la televisión convierte el espectáculo en un evento seguido por miles de millones de personas.

Naturalmente, nadie muere en la cancha, y esa diferencia es fundamental. Sin embargo, deportivamente la lógica es muy parecida: cada partido puede significar la supervivencia o la eliminación. No existe margen para el error. Una lesión, una expulsión o una decisión arbitral pueden cambiar el destino de una selección completa. Pero existe un elemento aún más inquietante: el poder.

En el antiguo circo romano, el emperador representaba la autoridad absoluta. Su voluntad podía decidir quién vivía y quién moría. Hoy nadie levanta el pulgar desde un palco imperial, pero el deporte tampoco parece estar completamente aislado del poder político y económico.

La controversia surgida durante este Mundial en torno a la situación disciplinaria de un jugador de la selección de Estados Unidos volvió a instalar esa discusión. Se especuló ampliamente sobre gestiones realizadas desde las más altas esferas políticas para evitar que el futbolista quedara suspendido tras su expulsión. Incluso, según diversas versiones difundidas públicamente, el propio presidente Donald Trump manifestó posteriormente su satisfacción en redes sociales por el desenlace favorable para el jugador. Independientemente de cómo se interpreten esos hechos, la percepción que queda instalada es preocupante: cuando el poder político parece acercarse demasiado al deporte, inevitablemente surge la duda sobre la verdadera independencia de las decisiones deportivas.

Y esa percepción es peligrosa para un espectáculo que vive de la confianza de millones de personas.

Existe además otra semejanza con el antiguo Imperio Romano. En aquella época, el pueblo acudía al circo convencido de que formaba parte de la gloria del Imperio. Hoy ocurre algo parecido. Cuando una selección obtiene la victoria, millones de personas celebran diciendo: «¡Ganamos!». Sin embargo, conviene preguntarse quiénes son realmente los ganadores.

¿Gana el hincha que pagó una entrada cuyo valor muchas veces resulta prohibitivo? ¿Gana quien gastó en pasajes, camisetas oficiales, comidas y transmisiones? ¿Gana quien sacrificó horas de trabajo o de descanso para observar durante casi dos horas a veintidós jugadores correr detrás de un balón? Probablemente no.

Los verdaderos vencedores suelen ser otros: las grandes cadenas de televisión, los patrocinadores internacionales, las empresas que comercializan el espectáculo, la industria del marketing deportivo, la FIFA y los propios futbolistas, cuyos contratos, premios y valor comercial aumentan con cada triunfo.

El aficionado obtiene emociones, alegrías y frustraciones. Pero también pierde tiempo, dinero y, muchas veces, la capacidad de mirar críticamente un negocio que mueve miles de millones de dólares utilizando como principal combustible la pasión de las personas.

El Mundial seguirá emocionando al planeta. Continuará regalando historias inolvidables, héroes inesperados y derrotas que harán llorar a millones. Pero precisamente porque representa mucho más que un torneo, debe demostrar que ningún poder externo puede alterar el resultado de la competencia y que las reglas son iguales para todos.

Quizás el verdadero desafío del fútbol moderno sea demostrar que ya no vivimos en el circo romano.

Porque si alguna vez los gladiadores dependían del pulgar del emperador para seguir con vida, el deporte del siglo XXI debe garantizar que el destino de sus protagonistas dependa únicamente de lo que ocurra dentro de la cancha y nunca de la influencia de quienes ejercen el poder fuera de ella.

Y mientras los hinchas continúen creyendo que ellos también «ganan», quizá convenga recordar una verdad incómoda: en el gran negocio del fútbol moderno, los campeones levantan la copa, las grandes empresas cuentan sus utilidades y los aficionados regresan a sus casas con la satisfacción de una victoria que no se refleja en su bolsillo. Tal vez el circo haya cambiado de escenario, pero el espectáculo sigue cumpliendo la misma función que hace dos mil años: mantener a las multitudes fascinadas mientras el verdadero poder observa desde el palco.


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