
Por Tiliqui Herrera C.
La seguridad dejó hace mucho tiempo de ser solo una estadística. Para quienes han sufrido un turbazo, una encerrona o un violento robo en su hogar, el delito tiene nombre, rostro y consecuencias que permanecen mucho después de que termina el procedimiento policial.
En las últimas semanas, diversos hechos delictuales ocurridos en Maipú han vuelto a instalar la preocupación de miles de vecinos. Los turbazos, caracterizados por su violencia y el alto nivel de intimidación contra familias completas, generan una profunda sensación de vulnerabilidad y afectan la confianza en la capacidad del Estado para brindar protección.
En ese contexto surge una pregunta legítima: ¿la ausencia pública del alcalde Tomás Vodanovic frente a estos hechos responde a una estrategia comunicacional o transmite una imagen de indiferencia?

No se trata de desconocer que el municipio pueda estar desarrollando coordinaciones con Carabineros, la PDI, la Fiscalía o el Ministerio de Seguridad. De hecho, la administración municipal ha destacado en otras oportunidades acciones preventivas y de coordinación institucional en materia de seguridad.
Sin embargo, la política también se construye desde los símbolos. Y uno de los símbolos más importantes para una comunidad golpeada por la delincuencia es que sus autoridades estén presentes cuando los vecinos más lo necesitan.
En otras comunas del país resulta habitual ver a sus alcaldes acudir al lugar de los hechos, conversar con las víctimas, entregar información a la prensa, exigir resultados a las instituciones competentes y, sobre todo, transmitir un mensaje de acompañamiento. Esa presencia no reemplaza la labor policial ni garantiza la captura de los delincuentes, pero sí entrega algo igualmente importante: la certeza de que la autoridad comparte la preocupación de la comunidad y no observa el problema desde la distancia.

Las víctimas no solo necesitan investigaciones exitosas. También necesitan contención, empatía y liderazgo.
La ausencia física o comunicacional de una autoridad puede tener múltiples explicaciones. Puede obedecer a una decisión estratégica para no politizar los hechos, a una política de no intervenir mediáticamente en cada delito o simplemente a que el trabajo se desarrolla fuera del foco de las cámaras. Todas son posibilidades válidas.
Pero la política tiene una realidad difícil de ignorar: las percepciones también construyen confianza o desconfianza.
Cuando una familia acaba de sufrir un violento turbazo y observa que la autoridad comunal no aparece, mientras en otras comunas sus alcaldes acompañan personalmente a las víctimas, es inevitable que muchos vecinos se pregunten si su dolor está siendo realmente escuchado.
No basta con exhibir estadísticas cuando las personas sienten miedo de dormir en sus propias casas. No basta con informar reuniones técnicas si la comunidad no percibe un liderazgo visible frente a una crisis que afecta su vida cotidiana.
Gobernar implica administrar recursos, coordinar instituciones y ejecutar políticas públicas. Pero también significa estar presente cuando los ciudadanos atraviesan sus momentos más difíciles.
Quizás el alcalde Vodanovic tenga una estrategia distinta para enfrentar la delincuencia desde el punto de vista comunicacional. Es una decisión legítima. Sin embargo, también es legítimo que los vecinos esperen una presencia más cercana, más visible y más humana.
Porque frente al miedo de una comunidad, la autoridad no solo debe actuar: también debe ser vista actuando.
Al final, la pregunta seguirá instalada entre muchos habitantes de Maipú: ¿es una estrategia de gestión o una ausencia que termina siendo interpretada como indiferencia? En materia de seguridad, esa diferencia puede ser determinante para la confianza que la ciudadanía deposita en sus autoridades.
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