“LA RIFA DEL PUEBLO… CON GANANCIAS DE EMPRESARIA”

Las rifas de autos organizadas por influencers se han transformado en un fenómeno masivo en redes sociales. Prometen cambiarle la vida a alguien común, cumplir el sueño del vehículo propio y, de paso, “dar oportunidades” a quienes no tienen acceso a créditos o recursos suficientes. El discurso apela a la emoción y a la cercanía. Pero detrás de la narrativa solidaria, los números cuentan otra historia: la de un negocio altamente rentable.
En el caso de la popular figura de internet Naya Fácil, la rifa de un automóvil se promociona como una iniciativa para ayudar a una persona sin medios para comprar un auto. Sin embargo, el modelo de financiamiento es claro: se ponen a la venta 90.000 números a $5.500 cada uno. Si se venden todos, la recaudación total alcanza $495 millones de pesos.

Esa cifra abre una pregunta inevitable: ¿cuánto de esto es ayuda y cuánto es negocio?
Porque incluso descontando el valor del vehículo —que difícilmente se acerca a esa suma—, gastos de producción, comisiones de plataformas de pago, publicidad, impuestos y costos operativos, el margen potencial sigue siendo enorme. No se trata de una colecta solidaria tradicional ni de una fundación sin fines de lucro. Es un evento comercial con una fuerte carga emocional en su promoción.
LA ILUSIÓN DE LA OPORTUNIDAD
El atractivo del mensaje está en la idea de justicia social instantánea: alguien sin recursos podrá acceder a un bien que normalmente está fuera de su alcance. Pero la probabilidad real de ganar es 1 en 90.000. Es decir, para la gran mayoría de quienes compran un número —muchas veces personas de ingresos medios o bajos— el resultado será simplemente haber gastado dinero sin retorno.
Este tipo de dinámicas se parece más a un producto de entretenimiento con lógica de sorteo que a una acción de apoyo social directo. Y ahí aparece la tensión ética: cuando se presenta como “ayuda”, pero funciona como un mecanismo de recaudación masiva basado en la ilusión.

TRANSPARENCIA VERSUS RELATO
Nada de esto implica necesariamente ilegalidad. Las rifas promocionales existen en todo el mundo y pueden ser completamente válidas si cumplen con la normativa vigente. El punto de debate no es jurídico, sino comunicacional y moral: ¿es honesto instalar la idea de solidaridad cuando el diseño del evento asegura ingresos multimillonarios para quien lo organiza?
El marketing emocional funciona porque conecta con la esperanza. Pero cuando esa esperanza se convierte en un modelo de negocio de gran escala, la línea entre empatía y explotación simbólica se vuelve difusa.
¿AYUDA O ESPECTÁCULO?
Las redes sociales han convertido la generosidad en contenido y la ayuda en un formato viral. La rifa del auto no solo entrega un premio: genera visualizaciones, seguidores, interacción y posicionamiento de marca personal. Todo eso también tiene valor económico.
Al final, el verdadero ganador seguro no es quien resulte sorteado, sino quien organiza el evento. Porque mientras una persona se llevará las llaves, la organizadora ya se habrá quedado con una suma que transforma una supuesta obra solidaria en un negocio redondo.
Y ahí está el debate de fondo: no si se puede hacer, sino si corresponde venderlo como un acto de ayuda cuando, en realidad, es un espectáculo altamente rentable disfrazado de oportunidad social.
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