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ESLÓGANES PARA TAPAR LA INEPTITUD

Hay algo peor que un mal gobierno: un mal gobierno que además cree que hablar es lo mismo que hacer. En Chile —y en buena parte del mundo— la política ha perfeccionado un lenguaje propio que no informa, no resuelve y, sobre todo, no se hace cargo. Es el idioma de las frases hechas, de los comunicados que suenan firmes mientras la realidad se desmorona.

Porque cuando la gestión falla, aparece el libreto.

“ESTAMOS TRABAJANDO PARA USTED”, decía con tono solemne Michelle Bachelet, y la frase ha sido reciclada hasta el cansancio por autoridades de todos los colores. La expresión busca cercanía, pero en la práctica suele funcionar como cortina de humo. Nadie explica en qué se está trabajando, con qué resultados, ni por qué los problemas siguen ahí. Es una declaración que suena a servicio público, pero muchas veces es solo una manera elegante de pedir paciencia indefinida.

Luego está el clásico de cada tragedia policial:

“EL GOBIERNO SE HARÁ PARTE CON UNA QUERELLA.”

La frase aparece con una puntualidad casi religiosa después de cada asesinato, portonazo brutal o crimen que indigna a la opinión pública. Se anuncia con tono enérgico, como si fuera una acción decisiva. Pero en la práctica, esa querella rara vez cambia algo en la vida cotidiana de las personas. No previene el delito, no mejora la seguridad del barrio, no devuelve la vida perdida. Es un gesto jurídico que sirve más para el punto de prensa que para la solución del problema.

A esa misma escena se suma otra declaración de rigor judicial:

“PEDIREMOS LA PENA MÁS ALTA QUE PERMITA LA LEY” o “pediremos una pena ejemplar.”

La frase suena firme, casi vengadora, pero es también parte del ritual. Porque quien fija la pena no es el político frente al micrófono, sino los tribunales. Así, la autoridad posa de dura ante las cámaras mientras la realidad del sistema penal —lento, saturado, lleno de atenuantes y recursos— sigue su curso muy lejos del discurso.

Cuando el escándalo es administrativo, la respuesta automática es otra joya del repertorio:

“HEMOS INSTRUIDO UN SUMARIO PARA DETERMINAR RESPONSABILIDADES.”

Así ocurrió con el bochorno de las licencias médicas de funcionarios que, mientras estaban supuestamente enfermos, viajaban al extranjero. El sumario se anuncia como si fuera un castigo ejemplar, pero el ciudadano ya aprendió a traducir: significa meses —a veces años— de trámites internos, dilaciones, apelaciones y, con frecuencia, sanciones mínimas o ninguna consecuencia real. El sumario es el limbo burocrático donde los escándalos van a morir en silencio.

En los casos de corrupción aparece la versión épica del mismo libreto:

“CAIGA QUIEN CAIGA.”

La frase promete una limpieza total, una cruzada moral sin privilegios ni apellidos intocables. Es potente, suena valiente… hasta que empiezan las redes de protección, las prescripciones, los errores procesales y las investigaciones que se diluyen con el tiempo. El “caiga quien caiga” muchas veces termina siendo un “caiga el que no tenga buenos abogados”.

Y cuando el desastre es natural y las cámaras enfocan el dolor, emerge la frase más emocional del manual:

“NO LOS DEJAREMOS SOLOS.”

Se dijo tras los incendios que arrasaron sectores de Viña del Mar, entre abrazos, cascos blancos y chalecos institucionales. Es una promesa potente, casi íntima. El problema es que, con el paso de los meses, muchas familias siguen solas frente a la reconstrucción lenta, la ayuda insuficiente y la maraña de trámites. La frase abriga en el discurso, pero no siempre se traduce en soluciones a tiempo.

Cuando la presión pública crece y la indignación escala, llega la declaración final de la escalera retórica:

“SEGUIREMOS HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS.”

Es la frase que sugiere determinación total, una línea roja infranqueable. Pero la experiencia ciudadana enseña que esas “últimas consecuencias” suelen tener fecha de vencimiento mediática. Se prometen con firmeza mientras dura el escándalo; luego se diluyen cuando la atención se mueve a otro tema.

El patrón se repite: ante cada crisis, la política responde primero con lenguaje, no con resultados. Las frases cumplen una función: calmar la presión inmediata, llenar titulares, dar la impresión de control. Son analgésicos comunicacionales. Pero mientras el discurso se perfecciona, la confianza ciudadana se erosiona.

La gente no espera frases perfectas. Espera que no la asalten, que no le roben los recursos públicos, que las ayudas lleguen cuando se prometen y que las responsabilidades se asuman de verdad. Espera hechos.

Quizás el problema no es que los políticos hablen demasiado, sino que han convertido el hablar en un sustituto de gobernar. Y mientras el país escucha promesas repetidas con voz firme, aprende —cada vez con menos paciencia— que detrás de muchas de ellas no hay convicción, ni urgencia, ni resultados.

Solo libreto.


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