LA MALA ATENCIÓN UNA CONSTANTE QUE DAÑA LA DIGNIDAD

Es una lamentable realidad que demasiados funcionarios, tanto en áreas públicas como privadas, ejercen sus labores con desgano y falta de compromiso. Lo más indignante es que muchos de ellos perciben sueldos provenientes de fondos públicos, resultado del aporte de todos los ciudadanos, lo que impone una obligación aún mayor de respeto y eficiencia. Sin embargo, lejos de cumplir con esa responsabilidad, pareciera que algunos solo cumplen trámites de mala gana o, peor aún, se escudan en burocracias absurdas para evadir el cumplimiento de sus deberes.
Un claro ejemplo de esta mala atención sucedió recientemente con una adulta mayor que acudió a un banco para retirar $1.000 en efectivo. Al solicitar ayuda al cajero, este le respondió que por esa cantidad debía usar el cajero automático, a lo que ella contestó que no sabía usarlo. La respuesta del cajero fue tajante: “Lo siento, no puedo girarle $1.000”. La mujer, tranquila, solicitó entonces retirar todo el dinero de su cuenta, $16.500.000, y pidió que se lo entregaran en billetes de $5.000. Esta petición generó molestia evidente en el cajero y los demás funcionarios. Finalmente le entregaron casi una maleta con el dinero. La mujer sacó un billete de $5.000 y pidió que se lo cambiaran por billetes de $1.000, retiró la cantidad que necesitaba y solicitó depositar nuevamente el resto.
Esta sencilla historia desnuda la mala voluntad e intransigencia de un empleado que, en lugar de ofrecer ayuda y respeto, se convierte en un obstáculo para una persona mayor que requiere comprensión y paciencia. Personas que, lejos de ser una carga, constituyen una fuente invaluable de sabiduría y experiencia.

Es urgente que esta actitud cambie, pues la falta de deferencia y la burla hacia personas, especialmente aquellas que requieren asistencia o tienen limitaciones, no son exclusivas de un banco o sector. Se repiten en hospitales, oficinas públicas, servicios y comercios, donde la burocracia infranqueable y la indiferencia perpetúan el maltrato.
Los ciudadanos merecen un trato digno, profesional y humano. Solo así avanzaremos hacia una sociedad más justa, respetuosa y sensible con todos, sin importar su edad ni condición. La indiferencia y las actitudes arrogantes deben ser erradicadas de raíz para honrar el compromiso real que estos funcionarios tienen con la comunidad.
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