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“ESE MUERTO NO LO CARGO YO”  

La cumbia Don Goyo, compuesta por la colombiana Graciela Arango de Tobón, es un clásico que en su época marcó un hito por su contagioso ritmo tropical y, sobre todo, por su poderosa metáfora: la frase “ese muerto no lo cargo yo” encarna la evasión de responsabilidades que muchos preferirían dejar en manos ajenas. Adaptando esto a Chile hoy, resulta imposible no recordar también a Yolito y su combo, con su irónica y popular canción “Ese muerto no lo cargo yo”, que ha calado hondo en la cultura popular chilena como reflejo de la misma desidia social.

En un año electoral marcado por la polarización y donde varios candidatos presidenciales se disputan el futuro del país, esta expresión cobra un significado aún más irónico y revelador. Por un lado, si gana el candidato de derecha, no faltará quien diga que “ese muerto no lo cargo yo” frente a los problemas sociales heredados o las expectativas incumplidas, como si la culpa por las desigualdades y las protestas fuera un cadáver incómodo que se quiere pasar al siguiente gobierno. Por otro lado, si gana la opción más progresista o derechamente de la extrema izquierda, tampoco estarán exentos de críticas similares, con opositores señalando que “ese muerto no lo cargo yo” sobre las dificultades económicas, la seguridad o los debates sobre reformas estructurales, evadiendo así cualquier responsabilidad.

La canción y la frase resumen con fina ironía ese fenómeno que en Chile se repite cada cambio de mando: todos quieren liderar, pero pocos están dispuestos a cargar con el “muerto” —que aquí se traduce en compromisos pendientes, expectativas rotas y demandas sociales largamente postergadas. En este escenario, la música tropical y el humor negro no solo contrastan con la seriedad de la política: nos muestran de manera más honesta y desgarrada la tendencia nacional a lavarse las manos y a buscar cómo tirar la pelota hacia adelante.

Por eso, hoy en Chile “ese muerto no lo cargo yo” sirve como sátira que recorre desde las familias conversando en el barrio hasta los pasillos del Congreso y las redes sociales, recordándonos que la política no puede ser solo un baile con ritmo pegajoso, sino una danza donde todos asuman que, al final, alguna parte del «muerto» les tocará llevar.

La herencia de Yolito y Don Goyo converge así en un símbolo mestizo de la cultura popular latinoamericana, justo cuando los chilenos deciden si en las próximas décadas la responsabilidad será compartida o si, una vez más, “ese muerto no lo cargo yo”.


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