Opinión

LA ESTUPIDEZ: EL PRIVILEGIO DE NO SABER QUE SE ES ESTÚPIDO

«CUANDO ESTÁS MUERTO, NO SABES QUE ESTÁS MUERTO; EL DOLOR LO SIENTEN LOS DEMÁS. LO MISMO OCURRE CUANDO ERES ESTÚPIDO.»

Por Francisco Herrera

Pocas frases describen con tanta precisión uno de los mayores males de nuestra época. La diferencia entre la muerte y la estupidez es que la primera es inevitable; la segunda suele ser voluntaria.

El muerto no sabe que ha partido. Quienes sufren son su familia, sus amigos, quienes lo amaron. El estúpido tampoco advierte su condición. Vive convencido de que posee la verdad absoluta, mientras quienes lo rodean deben soportar sus decisiones, escuchar sus disparates y reparar los daños que va dejando a su paso.

Y lo peor es que la estupidez tiene una característica particularmente peligrosa: no admite diagnóstico. Nadie se levanta una mañana diciendo: «Qué estúpido fui ayer». Al contrario. El estúpido duerme tranquilo, seguro de que el problema siempre son los demás. Si fracasa, culpa a otros. Si se equivoca, inventa una excusa. Si hace el ridículo, cree que fue brillante y acusa de envidia a quienes se atreven a señalarle sus errores.

Vivimos en una sociedad que ha confundido opinión con conocimiento. Hoy cualquiera habla de economía sin haber abierto un libro, de medicina sin haber pisado una universidad, de derecho sin haber leído una ley y de deporte sin haber pisado jamás una cancha. Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han convertido la ignorancia en un espectáculo permanente.

Lo verdaderamente alarmante es que la estupidez suele ser inversamente proporcional a la humildad. Quien más sabe suele hablar con prudencia, reconoce matices y admite dudas. El ignorante, en cambio, pontifica. No conversa: sentencia. No debate: descalifica. No escucha: impone.

Existe una razón por la que tantos incompetentes llegan a ocupar cargos importantes. La seguridad absoluta suele impresionar más que la inteligencia. El que duda parece débil; el que grita parece líder. Así terminamos entregando instituciones, empresas e incluso países a personas cuya mayor virtud consiste en desconocer sus propias limitaciones.

La historia demuestra que las peores catástrofes rara vez fueron provocadas por personas inteligentes actuando de mala fe. Muchas nacieron de individuos profundamente convencidos de que jamás podían equivocarse. La estupidez con poder siempre ha sido más peligrosa que la maldad, porque el malvado sabe lo que hace; el estúpido cree estar haciendo un favor.

Carlo M. Cipolla, historiador italiano, sostenía que el estúpido es la persona que perjudica a otros sin obtener beneficio alguno, e incluso perjudicándose a sí mismo. Difícil encontrar una definición más exacta. Basta observar la política, algunas dirigencias deportivas, ciertas burocracias o incluso algunas reuniones de trabajo para comprobar que su teoría sigue gozando de excelente salud.

Lo inquietante es que hemos comenzado a premiar este comportamiento. Confundimos soberbia con carácter, insolencia con sinceridad e ignorancia con autenticidad. El que estudia es tratado de elitista; el que improvisa recibe aplausos por ser «espontáneo». Hemos llegado al absurdo de desconfiar de los expertos mientras convertimos en referentes a quienes jamás han demostrado competencia alguna.

Quizás el mayor privilegio del estúpido sea precisamente ese: nunca sufrir por su propia estupidez. Quienes padecen son su familia, sus compañeros de trabajo, sus subordinados, sus vecinos y, cuando alcanza posiciones de poder, toda la sociedad.

Por eso la frase inicial sigue siendo tan devastadora. La muerte duele a quienes sobreviven. La estupidez también. Con una diferencia. Del muerto, tarde o temprano, aprendemos a despedirnos.

Del estúpido, muchas veces, no tenemos esa suerte.La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿hasta cuándo el Ministerio del Deporte continuará enfrentando polémicas que podrían evitarse con decisiones más prudentes y con un estándar ético acorde a la responsabilidad que implica dirigir el deporte nacional?


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