
La seguridad pública se ha transformado en una de las principales preocupaciones de los chilenos y, al mismo tiempo, en una de las mayores pruebas para cualquier gobierno. Durante la campaña presidencial, una parte importante de la ciudadanía depositó su confianza en propuestas que prometían enfrentar con decisión el aumento de la delincuencia, fortalecer el control migratorio y combatir el narcotráfico, fenómenos que en los últimos años han marcado la agenda pública y la vida cotidiana de miles de familias.
Las expectativas fueron altas. Muchos ciudadanos esperaban medidas inmediatas y resultados concretos que permitieran recuperar la tranquilidad en barrios y comunidades donde la percepción de inseguridad se ha convertido en una realidad diaria. Sin embargo, transcurridos ya más de sesenta días desde el inicio de la actual administración, para numerosos sectores de la población las señales esperadas aún no logran percibirse con claridad.
Más allá de las cifras o estadísticas oficiales que puedan surgir con el tiempo, existe un elemento que hoy parece instalarse con fuerza en la ciudadanía: el miedo. El temor de caminar por determinadas calles, la preocupación de esperar locomoción durante la noche, la instalación de rejas, cámaras y sistemas de seguridad en viviendas y comercios, o incluso la decisión de modificar rutinas por precaución, son situaciones que reflejan una sensación de inseguridad que se ha vuelto parte de la vida cotidiana de muchas personas.

El aumento de delitos violentos, las noticias relacionadas con asaltos, homicidios y hechos vinculados al crimen organizado generan una sensación de incertidumbre que trasciende los números y golpea directamente la percepción de seguridad de las personas. Cuando el miedo comienza a alterar hábitos y limitar la libertad de desplazarse o desarrollar actividades cotidianas, la seguridad deja de ser solo una discusión política y pasa a convertirse en una necesidad urgente.
En medio de este escenario, una de las principales controversias se ha instalado en torno al desempeño de la Ministra de Seguridad, luego de declaraciones realizadas en diversos medios donde señaló que nadie le habría solicitado la presentación de un plan de seguridad. Sus palabras provocaron cuestionamientos desde distintos sectores, considerando que precisamente la seguridad fue uno de los pilares centrales del debate electoral y una de las mayores demandas ciudadanas.
Las promesas de campaña generan esperanza, pero también elevan las expectativas y aumentan la exigencia hacia quienes asumen responsabilidades de gobierno. Hoy la discusión parece centrarse menos en discursos y más en respuestas concretas. Porque cuando el temor comienza a instalarse en la vida diaria de las personas, la ciudadanía deja de esperar anuncios y empieza a exigir resultados.
Tiliqui Herrera
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