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CRISIS DE SEGURIDAD: LA AUSENCIA QUE INDIGNA

Chile atraviesa una de las peores crisis de seguridad de su historia reciente. Los delitos violentos aumentan, la ciudadanía vive con temor y hechos que antes parecían excepcionales hoy comienzan a repetirse con alarmante frecuencia. Secuestros, portonazos, encerronas, robos con armas de fuego y bandas cada vez más violentas forman parte de una realidad que golpea diariamente a miles de familias.

Lo más grave es que esta crisis ocurre bajo un gobierno que en campaña prometió cambios profundos, eficacia y una nueva forma de enfrentar los problemas del país. Se ofreció mayor protección para las personas, recuperación de espacios públicos y un Estado presente. Sin embargo, la realidad demuestra algo muy distinto: la inseguridad avanza y las respuestas siguen siendo insuficientes.

Mientras un adulto mayor es  víctima de un secuestro, y en Chicureo delincuentes asaltaban a mano armada a una familia apuntando con pistolas a dos menores de edad, la pregunta que muchos chilenos se hacen resulta inevitable: ¿dónde está la Ministra de Seguridad?

En momentos de crisis, las autoridades deben dar la cara. Deben estar en terreno, coordinando acciones, respaldando a las policías y entregando certezas a una ciudadanía agotada por la delincuencia. Pero la ausencia de la ministra no solo refleja desconexión, sino una preocupante falta de liderazgo frente a uno de los principales problemas del país.

Y a esa ausencia se suma otra igualmente notoria: la de la vocera de Gobierno. Un cargo que debiera tener la misión de comunicar con claridad, explicar decisiones y transmitir la posición oficial del Ejecutivo. Sin embargo, en vez de destacar por su capacidad política o comunicacional, la vocería ha quedado marcada por errores, frases desafortunadas y desaciertos que terminan generando más confusión que certezas.

Cuando la inseguridad crece, el país necesita autoridades sólidas, visibles y preparadas. No figuras desaparecidas en los momentos difíciles ni vocerías debilitadas por constantes tropiezos. La ciudadanía requiere conducción, no improvisación.

El drama de la seguridad no admite excusas. Un adulto mayor secuestrado y niños apuntados con armas no son simples estadísticas: son señales evidentes de que el crimen se siente cómodo avanzando mientras el Estado parece llegar siempre tarde.

Chile merece mucho más que promesas de campaña olvidadas y silencios oficiales. Merece un gobierno que entienda que la primera libertad de las personas es poder vivir sin miedo. Mientras eso no ocurra, la sensación de abandono seguirá creciendo, y con ella, la frustración de un país que esperaba respuestas y solo ha encontrado ausencia.

Tiliqui Herrera


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