
A poco más de un mes de iniciado el gobierno del Presidente José Antonio Kast, comienza a instalarse una sensación incómoda, especialmente entre quienes le dieron su respaldo en las urnas. No se trata —al menos por ahora— de un rechazo frontal ni de un quiebre definitivo, sino de algo quizás más complejo: la percepción de que muchos de esos votos fueron, en realidad, votos prestados.
Votos condicionados. Votos que no nacieron de una adhesión ideológica profunda, sino de una expectativa urgente: orden, control de la delincuencia y decisiones firmes frente a una crisis de seguridad que lleva años tensionando a la ciudadanía. Y es precisamente ahí donde hoy se concentran las primeras señales de decepción.
Porque, en los hechos, ese eje central de campaña no ha mostrado avances claros. La percepción de inseguridad se mantiene, los anuncios no logran traducirse en resultados visibles y, mientras tanto, otros factores comienzan a tensionar aún más el escenario. El alza en los combustibles —un tema sensible que impacta directamente en el costo de la vida— ha encendido alertas incluso entre los sectores más cercanos al oficialismo.
No es extraño, entonces, que las encuestas comiencen a reflejar una caída en el respaldo. Cuando el voto es prestado, la paciencia también lo es.
Pero el problema no parece limitarse solo a la falta de resultados. Hay un elemento que comienza a generar aún mayor inquietud: la percepción de desorden en el Ejecutivo. La ausencia de señales claras, la dificultad para ordenar vocerías y la sensación de improvisación están erosionando rápidamente el capital político inicial.
En ese contexto, la figura de la vocera de Gobierno, Maya Sedini, ha quedado en el centro de las críticas. Para muchos, su desempeño no ha estado a la altura del cargo, evidenciando debilidades tanto en la forma como en el fondo de sus intervenciones. Las críticas no solo provienen de la oposición, sino también de sectores que respaldaron al propio Presidente, lo que agrava el cuadro.
Como si fuera poco, en las últimas horas se ha sumado ruido desde el mundo digital, donde circulan versiones —no confirmadas— que la vincularían a un episodio de carácter personal con repercusiones mediáticas. Más allá de la veracidad de estos trascendidos, el solo hecho de que logren instalarse en la conversación pública da cuenta de un problema mayor: la fragilidad comunicacional del gobierno.

A esto se suma el cuestionado manejo de la Ministra de Seguridad, cuyos errores de agenda y dificultades comunicacionales han contribuido a aumentar la sensación de desconcierto. En un área donde se espera precisión, liderazgo y control, las señales han sido, hasta ahora, contradictorias.
El resultado es un cóctel complejo: expectativas altas, resultados aún difusos y un equipo que no logra proyectar cohesión ni control. Para un gobierno que llegó con la promesa de ordenar, el principal riesgo es que comience a percibirse exactamente lo contrario.
Los votos prestados no son leales. No esperan indefinidamente. Y, sobre todo, no perdonan la falta de rumbo.
El tiempo político, en estos casos, corre más rápido de lo habitual. Y si no hay un giro claro —en gestión, en comunicación y en conducción— lo que hoy es inquietud puede transformarse, más temprano que tarde, en desapego.
Tiliqui Herrera
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