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El oportunismo presidencial y el silencio cómplice

LA INFANCIA COMO ESCENOGRAFIA

En política no existen las casualidades. Mucho menos cuando se trata de actos oficiales cuidadosamente planificados, con transmisión, cobertura mediática y relato estratégico. Por eso resulta difícil creer que la aparición del Presidente Gabriel Boric junto a su hija en una actividad oficial del Gobierno haya sido un gesto espontáneo o inocente.

Cuando la máxima autoridad del país decide presentarse con su hija menor en un acto institucional, no está actuando solo como padre. Está actuando como Presidente. Y cada imagen difundida desde ese espacio es, inevitablemente, comunicación política.

La infancia como recurso simbólico

La presencia de la menor no es neutra. Proyecta ternura, humanidad, cercanía. Construye relato. Refuerza imagen.

Y en medio de la controversia pública por las políticas de salas cuna, beneficios parentales y debates sobre corresponsabilidad, resulta legítimo preguntarse —con algo más que suspicacia— si esta exposición no busca, de manera sutil y mañosa, mantener viva esa polémica en clave emocional.

No es ilegal. Pero sí es profundamente discutible.

Porque cuando la imagen de un niño se integra al mensaje político del Ejecutivo, deja de ser un asunto privado. Se transforma en un instrumento comunicacional del poder.

¿Dónde está el interés superior del niño?

La Ley N° 21.430 establece con claridad que cualquier decisión que afecte a un niño debe priorizar su interés superior. No dice “salvo que su padre sea Presidente”. No contempla excepciones por investidura.

¿Era imprescindible su presencia?

¿Aporta algo a la función pública del cargo?

¿Se ponderó la exposición mediática permanente que implica ser hija del Jefe de Estado?

Cuando un medio exhibe el rostro de un menor en contexto sensible, la Defensoría de la Niñez suele reaccionar con prontitud. Oficios, declaraciones, advertencias. El estándar es alto —y correctamente exigente— cuando se trata de terceros.

Pero cuando la exposición proviene del propio Presidente, el silencio es absoluto.

El doble estándar que erosiona credibilidad

La Defensoría no está para incomodar solo a canales de televisión o periodistas. Está para proteger derechos, incluso cuando eso implique incomodar al poder político.

El silencio en este caso no es prudencia: es inconsistencia.

Porque si mañana un alcalde utilizara la imagen de su hijo en un acto institucional con evidente carga simbólica, probablemente se abriría debate público y habría pronunciamientos. Pero cuando se trata del Ejecutivo, la vara parece bajar convenientemente.

El problema no es la paternidad. Es la instrumentalización.

Nadie discute el derecho del Presidente a amar y cuidar a su hija. Lo que se cuestiona es la utilización —aunque sea implícita— de esa imagen en un escenario de poder estatal.

La política no debería necesitar la escenografía de la infancia para reforzar argumentos en debates sensibles. Y si lo hace, al menos debería someterse al mismo estándar crítico que se exige a cualquier otro actor público.

Cuando la protección de la niñez depende del cargo del adulto involucrado, no estamos frente a un error comunicacional. Estamos frente a una señal preocupante: que los principios son firmes… hasta que tocan La Moneda.

Y en materia de derechos fundamentales, la coherencia no es opcional. Es la única garantía real.


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