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TODOS SERÁN GANADORES

En cada proceso electoral se repite un rito tan predecible como desgastante. Cerradas las urnas y conocidos los resultados, los verdaderos ganadores celebran con euforia el triunfo, alzan banderas, agradecen al “pueblo” y prometen estar a la altura de la confianza depositada. Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol. Lo curioso —y ya francamente irritante— ocurre en el otro extremo del espectro político.

Porque, elección tras elección, pareciera que nadie pierde. Los derrotados de la jornada, asesorados por políticos zorros y avezados en el arte de maquillar la realidad, salen raudos a declarar que se sienten “satisfechos” con los resultados. No importa cuán lejos hayan quedado del primer lugar ni cuán clara haya sido la derrota: siempre habrá una cifra, un porcentaje o una comparación conveniente con la elección anterior que permita afirmar que “hemos crecido”, que “hemos aumentado nuestra base de apoyo” o que “este es un punto de partida muy alentador”.

Así, mágicamente, todos son ganadores.

Este libreto, repetido hasta el cansancio, ya no engaña a nadie. La ciudadanía no es tonta ni ingenua. La gente común y corriente entiende perfectamente cuándo un resultado es un triunfo y cuándo es una derrota, por más vueltas retóricas que se le quieran dar. Sabe distinguir entre una celebración legítima y una puesta en escena diseñada para salvar la honra política y evitar asumir responsabilidades.

Lo que estos discursos autocomplacientes no consideran es su efecto corrosivo. Lejos de fortalecer liderazgos o proyectar futuros éxitos, terminan desprestigiando aún más a quienes los pronuncian. Cada declaración forzada, cada sonrisa impostada frente a una derrota evidente, erosiona un poco más la credibilidad de una clase política ya cuestionada y distante de las preocupaciones reales de la ciudadanía.

El cansancio es palpable. La gente espera algo distinto: honestidad intelectual, autocrítica sincera y la capacidad de reconocer cuando no se logró convencer a la mayoría. Perder una elección no es una tragedia; negarla sistemáticamente sí lo es. Porque en esa negación se confirma la desconexión con la realidad y con las personas a las que se dice representar.

Quizás ha llegado el momento de cambiar el libreto. De aceptar que en democracia hay ganadores y perdedores, y que asumir una derrota con humildad puede valer más, a largo plazo, que mil discursos diseñados para simular un triunfo inexistente. De lo contrario, seguiremos asistiendo al mismo espectáculo de siempre: elecciones donde, curiosamente, todos ganan… y donde la política, una vez más, pierde.


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