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UN DEBATE DONDE LOS PROTAGONISTAS FUERON LOS PERIODISTAS

El debate presidencial prometía ser una instancia clave para contrastar ideas y proyectos de país. Sin embargo, lo que quedó en evidencia fue otra cosa: un espectáculo donde los verdaderos protagonistas no fueron los candidatos, sino los periodistas, más preocupados de lucirse ante las cámaras que de propiciar un intercambio serio y equilibrado.

Las preguntas, muchas veces enrevesadas o formuladas con evidente intencionalidad, dejaron entrever no solo un afán de protagonismo, sino también, en algunos casos, el color político de quienes las planteaban. Más que moderar, algunos periodistas parecieron actuar como fiscales o como voceros de ciertos sectores, interrumpiendo, presionando o marcando el tono del debate según su propia mirada ideológica.

Los candidatos se movieron con cautela, refugiados en promesas conocidas y discursos ya ensayados.

Mientras tanto, los candidatos se movieron con cautela, refugiados en promesas conocidas y discursos ya ensayados. Ninguno logró escapar del libreto, ni transmitir convicción o frescura. El resultado fue un intercambio plano, sin ideas nuevas, sin propuestas contundentes y, sobre todo, sin respuestas a los problemas reales de la gente.

Debate anatel

En vez de un debate de fondo, el país presenció un ejercicio de vanidad periodística y cálculo político. Los indecisos siguieron igual: sin encontrar razones para definirse. Y la ciudadanía, una vez más, terminó siendo la gran ausente de una jornada que se suponía debía servirle a ella.


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