
La palabra “atorrante”, usada por uno de los voceros del pacto ChileVamos, coalición que respalda a la candidata presidencial Evelyn Matthei, encendió la polémica esta semana luego de ser dirigida hacia personeros del Gobierno. Sin embargo, más allá de la molestia oficialista, lo cierto es que el término parece haber tocado una fibra sensible, porque refleja el creciente desgaste y frustración ciudadana frente a los errores acumulados de la actual administración.
En el lenguaje popular, “atorrante” se usa para describir a quien vive de la improvisación, carece de responsabilidad o simplemente no hace bien su trabajo. Y precisamente eso es lo que muchos observan en varios episodios recientes del Ejecutivo: decisiones erráticas, renuncias forzadas y una evidente pérdida de rumbo político.
El caso más emblemático fue el escándalo del suministro eléctrico, que terminó con la salida del ministro de Energía, tras la confusión por el alza en las cuentas de la luz y la falta de transparencia en la gestión del tema. Este episodio no solo evidenció falta de planificación, sino también una desconexión total con la realidad de las familias que hoy deben enfrentar alzas en los servicios básicos mientras el Gobierno se enreda en explicaciones.
A ese tropiezo se suman otros fracasos de gestión: los problemas en seguridad pública, el aumento de la delincuencia, los conflictos en salud y educación, y una permanente sensación de que la administración actúa más por reacción que por conducción. En ese contexto, la palabra “atorrante” dejó de sonar como una simple ofensa para transformarse en una descripción incómoda pero certera de cómo buena parte de la ciudadanía percibe al Gobierno.

Desde La Moneda, las autoridades reaccionaron con molestia, acusando falta de respeto y lenguaje ofensivo. Pero lo cierto es que la irritación del oficialismo parece revelar más incomodidad que dignidad: molesta el calificativo, sí, pero más molesta que el país empiece a asociar esa palabra con la gestión actual.
En política, las palabras pesan, pero los hechos pesan más. Y cuando los errores se acumulan, la pérdida de credibilidad hace que incluso una expresión popular como “atorrante” suene más como un diagnóstico que como un insulto.
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