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“CVA: LA CRUDA REALIDAD DETRÁS DE UN DICHO POPULAR”

El popular dicho “CVA”, abreviatura de “cómo voy ahí”, ha pasado de ser una simple expresión cotidiana referida a las coimas, a convertirse en un símbolo involuntario de la corrupción que sacude a Chile. Lo que antes se usaba para describir la pasividad o la indiferencia frente a situaciones ajenas, hoy parece reflejar la actitud de un sistema que, según la opinión pública, ha naturalizado los abusos de poder y los favores ilícitos.

En los últimos meses, la avalancha de casos de corrupción que involucran a abogados, ministros, jueces y un sinfín de funcionarios públicos ha hecho que la frase cobre un significado mucho más inquietante. “Como voy ahí” deja de ser una broma o una muletilla para convertirse en la constatación de una realidad donde la justicia, en lugar de ser imparcial, aparece a menudo condicionada por intereses personales, redes de influencia y favores cruzados.

Los escándalos recientes no solo han mostrado desfalcos financieros y manejos irregulares, sino que también han destapado un sistema donde los “pitutos” —ese término coloquial que describe empleos, favores o privilegios obtenidos por contactos— se han convertido en la moneda corriente para avanzar, prosperar o incluso evitar sanciones. Chile, paradójicamente, parece ratificar así su fama como país de los pitutos, donde la meritocracia a veces queda relegada frente a las amistades y los compromisos invisibles.

Lo más preocupante es que la sociedad ha empezado a percibir el CVA no solo como un reflejo de actitudes individuales, sino como un síntoma de un problema estructural. Cada nuevo caso de corrupción que sale a la luz renueva la sensación de frustración: el “cómo voy ahí” parece aplicarse tanto a la impunidad de quienes deberían rendir cuentas como a la impotencia de quienes exigen transparencia y justicia.

Mientras el país debate reformas y nuevas políticas de control, queda la incómoda certeza de que el CVA ha dejado de ser una simple expresión coloquial para transformarse en un espejo de nuestra realidad: un recordatorio de que la corrupción y los pitutos no son anécdotas aisladas, sino fenómenos profundamente arraigados que, hasta ahora, parecen avanzar con la naturalidad de un “como voy ahí”.


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