
En pleno siglo XXI, resulta incomprensible que aún existan quienes transitan por el servicio público como si fuera un botín perpetuo, sin la menor intención de ser diligentes o efectivos. Es justo y necesario calificarlos como lo que son: PARÁSITOS. No es un insulto gratuito, sino un diagnóstico certero de un mal enquistado en nuestras instituciones, que chupa los recursos y la paciencia de toda la ciudadanía. Al usar esta metáfora, muchos de estos funcionarios saltaron frenéticos a defenderse, igual que un piojo se retuerce desesperado ante el famoso shampoo marca Remolino. Intentan disfrazar su falta de compromiso con excusas rutinarias, permisos infundados, o una aparente “complejidad administrativa”. Pero la verdad es que su parasitismo se evidencia en la ausencia de resultados, en la demora constante y en el silencio frente a la crítica.

El servicio público debe ser un espacio de trabajo con sentido y responsabilidad, donde cada funcionario esté consciente de que vigila y gestiona los bienes públicos, con la urgente obligación de servir a la comunidad. Sin embargo, muchos han optado por el atajo cómodo, la rutina estéril, la sala de espera eterna para aguardar jubilaciones doradas sin haber cumplido a cabalidad.
Es hora de poner fin a esta plaga invisible que no solo desgasta las instituciones, sino que también mina la confianza social. La defensa airada y desproporcionada de los parásitos del Estado solo confirma la necesidad urgente de una reforma profunda: más control, más exigencia, y sobre todo, una cultura que premie la eficiencia y castigue el desinterés. La ciudadanía merece respeto y un servicio público que no sea un territorio fértil para la suciedad del parasitismo administrativo. Que quede claro: llamar parásitos a quienes no rinden cuentas ni aportan al bien común no es capricho ni rencor, sino un llamado al despertar y a la acción para limpiar de una vez por todas el servicio público.
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