
El gobierno asegura haber alcanzado la cifra mágica de los “mil avances”, una hazaña que, al parecer, solo existe en presentaciones oficiales, gráficas coloridas y discursos cuidadosamente ensayados. Porque fuera del relato, en la vida real, nadie parece haberse enterado de semejante proeza.
Bajo esta lógica, todo califica como avance: anunciar un proyecto que no avanza, crear una mesa que no resuelve nada, prometer una reforma que duerme en el Congreso o simplemente repetir un compromiso ya anunciado tres veces. Si se habla de ello, suma. Si se repite, suma de nuevo. Así, llegar a mil no parece tan difícil cuando la contabilidad es flexible.

De hecho, buena parte de estos supuestos avances no serían más que información duplicada, reciclada o derechamente inflada. Un mismo anuncio aparece con distintos nombres, en distintos ministerios y en distintas fechas, como si cambiar el título bastara para transformarlo en un logro nuevo. En otros casos, se presentan como avances hechos que aún no existen, o que están en etapa de diagnóstico, consulta o diseño preliminar.
Mientras el gobierno se felicita a sí mismo, la ciudadanía sigue lidiando con lo de siempre. La delincuencia avanza —esa sí sin comillas—, la salud pública se hunde en listas de espera interminables y el costo de la vida sigue subiendo, aunque eso no aparezca en el conteo oficial de logros.
Los “mil avances” no se traducen en más seguridad en los barrios, ni en atención médica oportuna, ni en alivio económico para las familias. Son avances invisibles, intangibles, casi imaginarios. Existen en el discurso, pero no en la calle.
La pregunta es inevitable: si el gobierno realmente ha avanzado tanto, ¿por qué el país sigue sintiendo que está detenido? Tal vez porque confundir anuncios con resultados —y repetirlos hasta que parezcan mil— es más fácil que gobernar.
Al final, los únicos que han avanzado a paso firme son el marketing político, la contabilidad creativa y la capacidad del gobierno para aplaudirse solo. Todo lo demás, sigue esperando.
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