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¿ALGUIEN LE PREGUNTÓ AL GALGO SI QUIERE CORRER?

Por Francisco Herrera B.

LA FALSA DEFENSA DEL BIENESTAR ANIMAL DETRÁS DE LAS CARRERAS

Mientras la Cámara de Diputadas y Diputados se prepara para votar el proyecto de ley que busca prohibir las carreras de galgos en Chile, han resurgido con fuerza quienes, bajo el argumento de la «regulación», pretenden mantener vigente una actividad que por años ha estado asociada a apuestas clandestinas, intereses económicos y serios cuestionamientos por maltrato animal.

El discurso parece razonable: en lugar de prohibir, regular; en lugar de eliminar, fiscalizar. Pero detrás de esa propuesta existe una pregunta mucho más simple, aunque profundamente incómoda:

¿ALGUIEN LE PREGUNTÓ AL GALGO SI QUIERE CORRER? “EL MITO DEL «GALGO FELIZ»

Uno de los argumentos más repetidos por los defensores de estas competencias es que «los galgos nacieron para correr» y que son animales felices persiguiendo un señuelo mecánico.

La afirmación se repite con tal seguridad que pareciera existir algún estudio científico capaz de medir la felicidad de un perro mientras compite.

Pero vale la pena preguntar:

¿Cómo saben que el galgo disfruta al competir?

¿Quién certificó que ese animal quiere participar en una carrera?

¿Existe algún veterinario, etólogo o especialista que pueda afirmar que el perro presta su consentimiento?

La respuesta es evidente: nadie puede hacerlo.

No existe un examen que mida la felicidad de un galgo durante una competencia. No existe un certificado que acredite que el animal participa voluntariamente. Mucho menos existe una forma de preguntarle si desea correr para entretener al público o generar ganancias para terceros. Lo que realmente existe es una interpretación humana de un comportamiento instintivo.

Que un galgo persiga un señuelo no significa que haya decidido transformarse en un competidor. Corre porque fue criado, seleccionado y entrenado para ello. Confundir ese impulso natural con consentimiento constituye una justificación tan conveniente como éticamente cuestionable.

Si siguiéramos esa lógica, cualquier conducta instintiva de un animal podría utilizarse para legitimar su explotación.

DETRÁS DE LA CARRERA HAY UN NEGOCIO

 Quienes intentan presentar las carreras de galgos como una simple actividad deportiva suelen omitir un aspecto central: el importante negocio que históricamente ha existido en torno a ellas.

En numerosos canódromos clandestinos las apuestas han movilizado importantes sumas de dinero, generando un circuito económico donde el verdadero protagonista deja de ser el perro para convertirse en la apuesta. Cuando el dinero entra en escena, el bienestar animal inevitablemente pasa a un segundo plano.

Por eso resulta legítimo preguntarse si la propuesta de regular estas carreras responde realmente a una preocupación por los galgos o si constituye una estrategia destinada a impedir que prospere una prohibición definitiva.

Regular una actividad no siempre significa resolver el problema. En ocasiones simplemente significa darle un marco legal para que continúe existiendo.

ANIMALISMO Y COHERENCIA

El debate también ha dejado en evidencia llamativas contradicciones en el mundo político.

Uno de los casos más comentados es el del diputado Felipe Camaño, quien se ha definido públicamente como animalista y ha manifestado su respaldo a regular las carreras de galgos en lugar de prohibirlas.

Sin embargo, durante un reportaje de Tele13, realizado por el periodista Emilio Sutherland, el propio parlamentario reconoció que nunca había visitado un canódromo.

La observación no pretende descalificar una postura por el solo hecho de ser distinta. En democracia todas las opiniones son legítimas.

Lo que sí resulta válido cuestionar es cómo puede defenderse la regulación de una actividad cuya realidad no se conoce directamente, especialmente cuando existen reportajes de investigación, denuncias de organizaciones animalistas y antecedentes públicos que han expuesto la existencia de apuestas clandestinas y otras prácticas que generan preocupación respecto del bienestar de los animales.

Si alguien se declara animalista, la ciudadanía espera un compromiso basado en evidencia, conocimiento y una comprensión profunda de aquello sobre lo cual se legisla.

LA PREGUNTA QUE NADIE RESPONDE

El centro del debate nunca ha sido si un galgo es rápido o si disfruta correr detrás de un señuelo.

La verdadera discusión es si una sociedad que reconoce a los animales como seres sintientes puede seguir aceptando que sean utilizados como instrumentos de competencia y de negocio sin que exista la posibilidad de que manifiesten su voluntad.

LOS DEPORTISTAS ELIGEN COMPETIR, LOS GALGOS NO

Cada vez que alguien afirma que «el galgo es feliz corriendo», conviene recordar que esa frase no proviene del perro, sino de quienes obtienen un beneficio de que siga corriendo.

Porque la diferencia entre un atleta y un animal utilizado para competir es precisamente esa: el primero decide participar; el segundo jamás tuvo esa oportunidad.

Y mientras algunos intentan convencer al país de que la solución es regular las carreras, la pregunta esencial continúa sin respuesta:

¿ALGUIEN, ALGUNA VEZ, ¿LE PREGUNTÓ AL GALGO SI QUERÍA CORRER?

Quizás la respuesta más honesta sea reconocer que nunca lo sabremos. Precisamente por eso, una sociedad que aspira a ser más ética debería aplicar un principio básico: cuando un ser vivo no puede expresar su consentimiento y existe un riesgo cierto de explotación en beneficio económico de terceros, el deber es protegerlo, no buscar nuevas formas de justificar su utilización.

Porque el verdadero animalismo no consiste en decir que un perro es feliz. Consiste en garantizar que nunca sea tratado como un medio para el entretenimiento, las apuestas o el lucro de otros.


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