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CUANDO EL SILENCIO PESA MÁS QUE LOS DISCURSOS: SEBASTIÁN VIDELA, KAREN ROJO

Por Osvaldo Silva S.

En política, las lealtades suelen durar exactamente lo mismo que la conveniencia. Mientras el poder acompaña, abundan las fotografías, los elogios y las sonrisas. Cuando llegan las condenas judiciales o los escándalos, aparecen los amnésicos de siempre: aquellos que ayer compartían escenario y hoy actúan como si nunca hubieran estado allí.

La reciente reclusión de la exalcaldesa de Antofagasta, Karen Rojo, para cumplir la condena que le fue impuesta por fraude al fisco vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué pasó con quienes fueron parte de su círculo político y comunicacional durante años?

Entre ellos figura el diputado Sebastián Videla, quien antes de llegar al Congreso desarrolló labores de asesoría comunicacional para la entonces alcaldesa. Ese vínculo fue público y conocido. No constituye, por supuesto, una responsabilidad penal ni permite atribuirle participación alguna en los delitos por los cuales Rojo fue condenada. Las responsabilidades penales son siempre personales y así las establece el Estado de Derecho.

Pero la política no se mueve únicamente en el plano judicial. También existe la responsabilidad política y la responsabilidad frente a la opinión pública.

Y es precisamente ahí donde comienza el debate.

Porque hoy llama la atención el profundo silencio de muchos que durante años caminaron junto a Karen Rojo, defendieron su gestión o construyeron parte de su imagen pública. Pareciera que la historia comenzó recién el día de la condena, como si todo lo anterior hubiese desaparecido por arte de magia.

No desapareció.

La ciudadanía tiene memoria.

Y esa memoria también obliga a preguntarse cuál fue la reflexión de quienes formaron parte de ese proyecto político y qué lecciones extraen hoy de una administración cuyo desenlace terminó siendo una condena por corrupción.

El otro silencio: Cobreloa

Pero existe otro episodio donde el silencio también resulta difícil de explicar.

El denominado caso Cobreloa, originado por la denuncia de una presunta violación grupal ocurrida en 2021 y que dio origen a una investigación penal que involucró a nueve exjugadores del club, remeció no solo al fútbol chileno, sino también a toda la Región de Antofagasta.

Era, probablemente, uno de los casos de mayor impacto social registrados en la zona durante los últimos años. La ciudadanía esperaba liderazgo, esperaba  fiscalización. Esperaba que sus representantes hicieran sentir la voz de una región profundamente golpeada por los hechos denunciados.

Sin embargo, esa voz terminó escuchándose con mayor fuerza desde parlamentarios de otros distritos, quienes impulsaron oficios, solicitaron antecedentes, promovieron sesiones en la Cámara de Diputadas y Diputados y mantuvieron el caso instalado en la agenda pública.

No corresponde afirmar que un diputado tenga atribuciones para investigar delitos, porque esa función pertenece exclusivamente al Ministerio Público y a los tribunales. Pero sí le corresponde fiscalizar instituciones públicas, promover transparencia, exigir respuestas cuando existen eventuales fallas institucionales y representar políticamente la preocupación de la ciudadanía.

Es precisamente esa diferencia la que muchos electores observan hoy con espíritu crítico.

La política también se evalúa por sus omisiones

En los últimos años se ha instalado una forma de hacer política donde algunos parlamentarios parecen privilegiar la presencia permanente en redes sociales por sobre el ejercicio silencioso —pero mucho más relevante— de fiscalizar, incomodar al poder y asumir posiciones cuando los temas son difíciles.

Las transmisiones en vivo, las fotografías y los videos generan visibilidad. Pero la fiscalización efectiva genera credibilidad y no siempre ambas cosas van de la mano.

El caso Karen Rojo y el caso Cobreloa, por razones completamente distintas, dejan una misma enseñanza: la ciudadanía observa quiénes aparecen cuando todo marcha bien y quiénes permanecen presentes cuando llegan las crisis.

Los silencios, en política, rara vez son neutrales, a veces obedecen a la prudencia y otras veces son una estrategia. En ocasiones terminan convirtiéndose en una forma de eludir preguntas que siguen sin respuesta.

Sebastián Videla tendrá, naturalmente, el derecho de entregar sus explicaciones respecto de su antigua relación profesional con Karen Rojo y de la labor que desempeñó como representante de la Región de Antofagasta frente al caso Cobreloa. Esa respuesta forma parte del debate democrático y merece ser escuchada.

Pero la ciudadanía también tiene derecho a formular esas preguntas.

Porque el periodismo no está para administrar silencios, esta para ponerlos sobre la mesa.

Y cuando quienes ayer levantaban la voz hoy prefieren mirar el techo, el deber de la prensa es recordar que la memoria pública no prescribe con un cambio de discurso ni con la distancia que impone el paso del tiempo.


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