
SUEÑOS SUSPENDIDOS Y DEPORTISTAS OLVIDADOS
Existe una diferencia enorme entre recortar una cifra en una planilla y cortar de golpe los sueños de miles de personas. La suspensión de los Juegos Nacionales y Paranacionales debido a restricciones presupuestarias no representa solamente una decisión administrativa ni un ajuste financiero. Detrás de ella existen historias, años de esfuerzo y proyectos de vida que hoy quedan suspendidos en una incertidumbre tan injusta como dolorosa.

Miles de deportistas de todo el país llevan años levantándose antes del amanecer para entrenar, viajando largas distancias para llegar a una cancha, una pista o una piscina, sacrificando tiempo con sus familias, estudios y trabajo para perseguir una meta que para muchos era el objetivo más importante de sus carreras deportivas. Algunos esperaban su primera oportunidad de representar a su región; otros, la posibilidad de demostrar que el esfuerzo de años había valido la pena. Para muchos deportistas paralímpicos y paranacionales, además, estas instancias son mucho más que una competencia: son espacios de inclusión, integración y reconocimiento que la sociedad aún tiene la deuda de fortalecer.
Lo más frustrante es que el deporte suele ser el primer sector en recibir golpes cuando aparecen dificultades presupuestarias, como si fuera un gasto prescindible y no una inversión social. Se habla constantemente del deporte como una herramienta para combatir el sedentarismo, prevenir enfermedades, alejar a los jóvenes de la delincuencia y construir una sociedad más integrada. Sin embargo, cuando llega el momento de respaldar ese discurso con decisiones concretas, los recursos desaparecen y los deportistas quedan relegados a un segundo plano.

Pero existe un elemento aún más grave que muchas veces pasa desapercibido: el tiempo en el deporte no espera a nadie. Un deportista no puede simplemente detener su proceso y esperar dos años para volver a competir en igualdad de condiciones. El rendimiento deportivo tiene ventanas y ciclos que son determinantes. La edad cobra una importancia real en el alto rendimiento y en la proyección de cualquier atleta. Dos años pueden representar el momento exacto de madurez deportiva para algunos, pero también pueden significar la pérdida definitiva de una oportunidad para otros.

Hay atletas que alcanzan su mejor nivel físico en un período muy específico de sus carreras. Otros están en etapas de transición entre categorías o enfrentan procesos naturales donde la capacidad física comienza a disminuir. Un joven que hoy tiene 16 años y proyectaba consolidarse podría enfrentar un escenario completamente distinto a los 18; un deportista de alto rendimiento de 32 o 34 años puede ver desaparecer quizás la última gran oportunidad de competir en plenitud. El deporte no funciona bajo la lógica de «esperemos un poco más». El tiempo perdido rara vez se recupera.
Resulta imposible no preguntarse qué mensaje se está enviando a quienes llevan años esforzándose. ¿Qué se le dice a un atleta que entrenó durante dos años pensando en esta competencia? ¿Qué explicación recibe una familia que hizo sacrificios económicos para acompañar ese proceso? ¿Cómo se recupera la motivación de un deportista que ve que el escenario para el cual se preparó simplemente deja de existir?
Las medallas y los resultados son apenas la parte visible del deporte. Detrás de cada competencia existen procesos largos, disciplina, perseverancia y una convicción inquebrantable de quienes creen que el esfuerzo tiene recompensa. Cuando se suspenden eventos de esta magnitud, lo que se interrumpe no es solo un calendario deportivo; se rompe una cadena de trabajo construida durante años.
Las autoridades tienen el derecho y la obligación de administrar recursos con responsabilidad. Pero también tienen la responsabilidad de comprender que existen decisiones cuyo costo no se mide únicamente en pesos. Porque el ahorro financiero de hoy puede terminar costando algo mucho más difícil de recuperar mañana: la confianza de miles de deportistas que aprendieron que, pese a todo su sacrificio, sus sueños podían desaparecer por una resolución administrativa.
Un país que abandona a sus deportistas en el momento decisivo no solo pierde competencias. También pierde oportunidades, talento y esperanza. Y eso siempre termina siendo más caro que cualquier recorte presupuestario.
Tiliqui Herrera
Descubre más desde Onda Expansiva
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



