
Lo que debía ser una decisión interna terminó convertido en un verdadero incendio político. La Ministra de Seguridad María Trinidad Steinert quedó en el ojo del huracán tras exigir la salida de la subdirectora de inteligencia de la PDI, desatando una crisis que hoy golpea de lleno al Gobierno y deja al descubierto —sin filtro— sus debilidades.
Pero el problema ya no es solo la polémica decisión. El foco ahora apunta directamente a ella: ¿cómo llegó a un cargo de este nivel sin demostrar manejo político ni conducción estratégica? La pregunta, que hasta hace poco se murmuraba en pasillos, hoy se instala con fuerza brutal en el debate público.
Su pasado como fiscal en casos emblemáticos fue vendido como su gran carta de presentación. Sin embargo, hoy ese currículum parece quedar corto —muy corto— frente a un cargo que exige temple político, capacidad de articulación y manejo fino de crisis. Porque una cosa es litigar en tribunales y otra muy distinta es conducir el complejo entramado de la seguridad pública.

La intervención en la PDI no solo encendió alarmas: derechamente hizo explotar la confianza. En lugar de actuar con prudencia, la ministra optó por una jugada que muchos califican como torpe, apresurada y peligrosamente invasiva en un área altamente sensible como la inteligencia policial.
Y como si el escenario no fuera lo suficientemente oscuro, la decisión de que el director general de la PDI exponga en la Cámara de Diputados en sesión secreta terminó por echar más bencina al fuego. Transparencia cero. Explicaciones, ninguna. El resultado: un clima de sospecha que crece minuto a minuto.
¿Qué se está escondiendo? ¿Qué tan grave es lo que ocurre al interior de la policía civil para que todo se maneje entre cuatro paredes? Las interrogantes se multiplican, mientras el Gobierno intenta —sin éxito— bajar la intensidad de una crisis que ya se le escapó de las manos.

Pero hay un punto que termina de agravar el escenario: la realidad en la calle no acompaña en nada. A pesar de llevar poco tiempo en el cargo, lo cierto es que no se aprecian señales concretas de mejora en materia de seguridad. Los homicidios continúan marcando la pauta, los asaltos siguen siendo parte del día a día y la sensación de inseguridad no cede.
Y ahí es donde el contraste golpea con fuerza. Porque mientras en campaña se prometió un giro firme, rápido y efectivo en seguridad, hoy lo que predomina es la incertidumbre y la falta de resultados visibles en el corto plazo. La expectativa era alta. La respuesta, hasta ahora, parece insuficiente.
En el mundo político el diagnóstico comienza a ser lapidario: falta de liderazgo, decisiones erráticas y una conducción que no da el ancho. La ministra, lejos de afirmarse, aparece cada vez más debilitada y cuestionada incluso dentro de su propio sector.
Hoy, lo que está en juego ya no es solo un cargo dentro de la PDI. Es la credibilidad completa de la conducción en seguridad. Y en ese escenario, la gran duda ya no es si hubo un error… sino si la ministra está realmente capacitada para seguir en el puesto.
Porque mientras las decisiones se toman entre cuatro paredes y las explicaciones se esconden bajo secreto, en la calle la realidad sigue siendo brutal: delitos al alza, temor cotidiano y un Gobierno que no logra dar señales claras de control.
La pregunta ya no es incómoda, es inevitable: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse una conducción que no muestra resultados y que, además, suma crisis sobre crisis?
En seguridad, los errores no se archivan. Se pagan. Y hoy, esa cuenta —para el Gobierno y su ministra— parece recién empezar.
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