AÑO NUEVO, DEJA UNA CIUDAD DESTRUIDA

Tres días después de las celebraciones de Año Nuevo en el centro de Santiago, el panorama sigue siendo el mismo: toneladas de basura acumuladas, calles impregnadas de malos olores y una imagen de abandono que avergüenza a la ciudad. No se trata de un problema de limpieza municipal. Se trata, ante todo, de una profunda falta de educación, cultura cívica y respeto por el espacio público de miles de personas que llegaron a “celebrar” dejando tras de sí un verdadero campo de escombros.
Botellas rotas, latas, envoltorios de comida, restos de fuegos artificiales, bolsas plásticas, ropa y hasta muebles fueron abandonados sin el menor pudor en calles, veredas y plazas. Es la postal de una ciudadanía que confunde fiesta con descontrol y que cree, equivocadamente, que ensuciar es parte del festejo.

La Municipalidad de Santiago, con todos sus recursos limitados, ha debido enfrentar una tarea monumental: retirar miles de toneladas de residuos generados en pocas horas por una masa que simplemente no se hizo cargo de sus propios desechos. Aun así, la crítica pública se dirige muchas veces solo al municipio, cuando la raíz del problema está en el comportamiento de quienes utilizaron la ciudad como si fuera un vertedero.
Celebrar no es destruir. Disfrutar no es ensuciar. Y divertirse no es sinónimo de comportarse como si la ciudad no tuviera dueños ni normas. Las calles del centro no son un basural ni una tierra de nadie; son un espacio común que pertenece a todos, incluyendo a quienes trabajan allí, a los residentes, a los comerciantes y a los miles de peatones que deben convivir con las consecuencias del desorden ajeno.

Lo ocurrido deja en evidencia una crisis más profunda: la ausencia de cultura cívica. En países donde existe educación y respeto por lo público, los grandes eventos terminan con operativos de limpieza, sí, pero no con kilómetros de basura esparcida como si hubiera pasado una catástrofe. En Santiago, en cambio, parece que muchos aún no entienden que sus derechos vienen acompañados de deberes básicos.
Mientras los funcionarios municipales trabajan jornadas extendidas para intentar devolverle dignidad al centro de la capital, queda una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo seguiremos tolerando que una minoría ruidosa y mal educada arruine los espacios de todos?
El Año Nuevo ya comenzó, pero la deuda con la ciudad sigue intacta. Y no es una deuda de la municipalidad: es una deuda de quienes celebraron sin conciencia, sin respeto y sin la mínima consideración por el lugar que los recibió. Porque una ciudad sucia no es el resultado de falta de escobas, sino de falta de educación.
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