
La franja electoral presidencial, que alguna vez fue concebida como un espacio para que los candidatos expusieran sus ideas y proyectos al país, se ha transformado hoy en un show vacío, absurdo e irrelevante. Lejos de informar o persuadir, lo que vemos a diario en pantalla es un desfile de promesas que los propios protagonistas saben que jamás cumplirán. Y peor aún, una demostración de desprecio por la inteligencia de los ciudadanos, tratados como si fuéramos incapaces de pensar por cuenta propia.
Cada cuatro años, los partidos políticos y sus ideólogos repiten el mismo libreto: slogans vacíos, música emotiva, frases efectistas y promesas que suenan tan bonitas como imposibles. Creen que bastará con eso para cambiar la percepción de una ciudadanía que vive la realidad día a día, y que conoce mejor que nadie los problemas que afectan al país. Pero ya nadie se deja engañar. La gente sabe perfectamente por quién votará, y ninguna franja televisiva cambiará eso.

Lo que resulta verdaderamente indignante es el nivel de manipulación emocional al que intentan recurrir algunos candidatos. Un ejemplo de ello es el caso de Marco Enríquez-Ominami, quien insiste en un discurso de odio y revanchismo, recurriendo a imágenes del bombardeo a La Moneda y caricaturizando a sus adversarios de derecha vestidos como Pinochet o como militares. Lo que no parece advertir es que ese tipo de mensajes, más que generar rechazo hacia la dictadura, provocan en parte del público un efecto contrario: cierta empatía con ese período, especialmente en un contexto donde la inseguridad, el narcotráfico y la corrupción se han disparado durante el actual gobierno.
Las encuestas lo demuestran: en varias mediciones recientes, Augusto Pinochet aparece —para sorpresa de muchos— como la segunda figura histórica más valorada por los chilenos. Esto debería llevar a reflexión, no porque se reivindique su figura, sino porque evidencia el profundo desencanto con la clase política actual y la nostalgia de un orden perdido que, guste o no, gran parte de la población asocia con estabilidad y autoridad.
En definitiva, la franja electoral no convence, no informa y no representa. Se ha convertido en un insulto a la inteligencia colectiva. Mientras los políticos se esfuerzan por vender ilusiones, la ciudadanía vive una realidad donde la delincuencia aumenta, el desempleo preocupa y la corrupción corroe las instituciones. La gente no necesita propaganda: necesita resultados, coherencia y líderes que hablen con la verdad.
Quizás ha llegado el momento de reconocer que la política chilena, más que un ejercicio de convicción, se ha transformado en una puesta en escena sin contenido. Y que la franja electoral, lejos de iluminar el voto ciudadano, solo confirma lo que muchos ya sospechan: que los candidatos no creen en lo que dicen, ni respetan a quienes los escuchan.
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