MARLÉN OLIVARI Y LA MISERIA DE LA INGRATITUD

Por Tiliqui Herrera
Lo de Marlén Olivari en Primer Plano no fue humor, no fue espontaneidad, no fue televisión liviana. Fue, lisa y llanamente, una demostración de mezquindad. Una escena penosa de ingratitud pública contra el hombre que, para bien o para mal, la sacó del anonimato y la convirtió en rostro de la farándula chilena: Roberto Dueñas.
Hay algo especialmente miserable en ver a una figura construida por la televisión y por el trabajo de otros dedicarse, años después, a escupir sobre quien la ayudó a llegar donde llegó. Porque eso fue exactamente lo que hizo Marlén Olivari: aprovechar una tribuna para ridiculizar, humillar y denostar a su exmarido y exmánager, recurriendo a bromas de mal gusto, descalificaciones burdas y alusiones íntimas que no tienen nada de ingeniosas y sí mucho de resentimiento mal digerido.
No estamos hablando de un ex cualquiera. Roberto Dueñas no solo fue su pareja: fue el hombre que la representó, la posicionó, la defendió y la instaló en una industria donde nadie regala nada. Fue él quien entendió cómo funcionaba el engranaje de la farándula y supo convertir a Marlén en un personaje rentable, visible y deseado por los programas de espectáculos. En simple: si Marlén Olivari fue un fenómeno mediático, Roberto Dueñas tuvo mucho que ver en su fabricación.

Por eso, lo ocurrido no puede relativizarse bajo la coartada barata del “era parte del libreto” o “era humor”. Ese argumento es una ofensa a la inteligencia de cualquiera. La televisión puede exagerar, caricaturizar o buscar impacto, pero una persona adulta sabe perfectamente cuándo está haciendo una broma y cuándo está cobrando cuentas pendientes con micrófono en mano. Y Marlén no estaba bromeando: estaba disparando con rabia acumulada, con ese veneno viejo que no se va, aunque hayan pasado más de veinte años.
Y si alguien cree que esta nueva arremetida televisiva responde a un gran momento profesional de Olivari, basta mirar su más reciente paso por la pantalla para advertir que ocurre exactamente lo contrario. Su participación en Mundos Opuestos estuvo muy lejos de ser el regreso triunfal que algunos esperaban. Más que consolidarla, el reality terminó mostrando a una Marlén errática, incómoda, en permanente conflicto y muy distante de aquella figura magnética que alguna vez dominó la farándula chilena. Su paso por el encierro dejó más polémicas que brillo, más tensión que liderazgo y más decepción que aplausos. Incluso se reportaron críticas de otros participantes por su actitud y su forma de relacionarse dentro del programa, en una participación que, lejos de engrandecer su imagen, terminó dejando la sensación de una figura sobrevalorada y desconectada de la audiencia.

Lo más llamativo es que quien aparece más pequeña en esta historia no es Roberto Dueñas, sino la propia Marlén Olivari. Porque mientras él rehízo su vida lejos del circo, desarrolló proyectos en La Serena, levantó radios y un canal de televisión y, según ha dicho, vive una etapa exitosa, ella parece seguir atada a una necesidad enfermiza de revivir el pasado para obtener minutos de pantalla. Y eso, más que fuerza, revela una precariedad emocional y mediática evidente.
Hay algo profundamente decadente en una figura pública de 50 años que, en vez de sostenerse por su presente, necesita volver al exmarido para generar titulares. Peor aún si ese regreso se hace a punta de insultos, insinuaciones y mentiras. Tratarlo de “carterista”, ventilar intimidades y burlarse de él no la hace valiente ni auténtica: la deja en evidencia. Porque cuando una persona necesita destruir a otro para volver a llamar la atención, el problema ya no es el pasado; el problema es la propia pobreza del presente.
La memoria, esa misma que Marlén invocó con arrogancia, también sirve para recordar quién puso la primera piedra de su carrera. Y no, eso no obliga a la gratitud eterna ni a idealizar relaciones que terminaron mal. Pero sí exige un mínimo de decencia. Una cosa es cerrar ciclos, otra muy distinta es reescribir la historia con odio y convertir a quien fue decisivo en tu vida en un blanco de humillación pública.
La farándula chilena ha vivido demasiado tiempo alimentándose de este tipo de miserias: ex parejas que se destruyen en cámara, paneles que celebran la crueldad como si fuera entretención y rostros que confunden libertad de expresión con licencia para ensuciar a otros. Pero lo de Marlén Olivari no es solo un episodio de farándula. Es también el retrato de una forma de ser: la del personaje que cree que el éxito le permite desconocer a quienes lo hicieron posible, burlarse de ellos y, de paso, posar de víctima o de diva irreverente cuando se le cuestiona.
No. Aquí no hubo irreverencia. Hubo bajeza. No hubo humor. Hubo rencor. No hubo televisión de espectáculo. Hubo una mujer usando la pantalla para cobrarse viejas cuentas, con la mezquindad de quien ya no sabe brillar por mérito propio y necesita incendiar el pasado para que alguien vuelva a mirarla.

Porque al final, eso es lo más triste de todo: que Marlén Olivari, en vez de aparecer como una mujer empoderada, segura y dueña de su historia, terminó exhibiéndose como alguien incapaz de superar sus propias heridas sin convertirlas en un acto de demolición pública. Y cuando eso ocurre, la que queda mal no es la persona atacada. La que se derrumba sola es quien decide convertir la ingratitud en espectáculo.
Marlén puede seguir diciendo lo que quiera. Puede refugiarse en el libreto, en el rating o en la excusa del show. Pero hay algo que ni el maquillaje, ni la edición, ni la farándula pueden esconder: la vulgaridad moral de morder la mano que un día te levantó. Y peor aún, hacerlo cuando su presente televisivo ya no brilla por talento, sino por polémicas, conflictos y actuaciones que dejan bastante que desear. Porque cuando una figura ya no puede sostenerse por lo que es, termina sobreviviendo a costa de lo que destruye. Y eso no se llama vigencia, se llama decadencia. Y se nota.
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