Colas Largas: ¿Moda o Necesidad en la Gastronomía?

CUANDO HACER COLA SE VUELVE EL VERDADERO PLATO DEL DÍA
El fenómeno de las largas filas para adquirir productos de temporada, como ocurre ahora en fiestas patrias con el tradicional mote con huesillos, revela una conducta colectiva absurda que vale la pena analizar. Cada año, cuando los medios comienzan a destacar estas delicias estivales, un verdadero éxodo de consumidores se lanza a buscarlos con avidez, formando colas interminables como si se tratara de un suministro limitado en tiempos de crisis. Sin embargo, resulta paradójico que muchos de quienes participan en esta vorágine no sean habituados consumidores durante el resto del año.

LAS COLAS DEL ABSURDO
Este comportamiento no es exclusivo de los meses estivales. Durante la Semana Santa se repite un ritual similar, con miles de personas que, como si fuera un mandato bíblico, se desesperan por comprar pescados y mariscos. Las largas filas en las pescaderías y supermercados generan un aumento considerable en los precios, situación que la mayoría asume con normalidad. Sin embargo, llama la atención que muchas de estas personas no sean capaces durante el resto del año de comer una sencilla presa de merluza frita en su hogar. Este impulso masivo responde más a una presión social y cultural que impone consumir ciertos productos solo en determinadas fechas, que a verdaderos hábitos alimenticios o gustos personales.
Además, muchas personas más conscientes y serias observan con cierta vergüenza ajena estas largas filas y conductas frenéticas. Para ellos, resulta incomprensible cómo tantos consumidores se dejan llevar sin cuestionamiento por la influencia de los informativos y los sendos programas matinales de televisión, que suelen promover estas modas pasajeras con un tono sensacionalista. Esta actitud pasiva ante el efecto mediático evidencia una falta de reflexión crítica que profundiza el fenómeno y hace perdurar estas conductas poco razonables año tras año.
Esta tendencia responde a una combinación de factores sociales y mediáticos. Por un lado, la promoción intensa en medios genera una sensación de urgencia y exclusividad que moviliza a las personas a actuar impulsivamente para no quedar fuera de una experiencia «imperdible». Por otro, la presión grupal y el deseo de pertenencia a una moda pasajera amplifican conductas que en circunstancias normales serían irracionales.
El mote con huesillos en Fiestas Patrias y los productos marinos de Semana Santa, ambos patrimonios tradicionales, no merecen ser reducidos a fenómenos de consumo frenético y momentáneo. Su disfrute debería ser parte constante y tranquilo de nuestra cultura gastronómica, no eventos que producen aglomeraciones caóticas y alzas de precios injustificadas. Que cada año se repita esta disparidad entre consumo mediático y consumo real es un reflejo de cómo las masas pueden dejarse llevar por comportamientos poco sensatos, fomentados por el sensacionalismo y la ansiedad colectiva.
En definitiva, más que celebrar estas largas filas, deberíamos cuestionar por qué nos dejamos arrastrar por la presión social y mediática para consumir compulsivamente productos que, en muchos casos, ni siquiera forman parte de nuestros hábitos habituales. Reflexionar sobre estas conductas podría ayudarnos a rescatar la autenticidad del disfrute gastronómico y evitar rituales absurdos impulsados por el efecto manada.
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